A contracorriente | Por más que digan, siempre de frente

Rafa Giraldo

No te voy a contar a ti lo mala que es la gente, n que están aguardando al más mínimo fallo para lanzarse, furibundos, contra el objetivo, casi contra cualquier capataz, porque cualquier martillo es apetecible y da igual que se consiga como se consiga.

Qué te voy a decir que tú no sepas a estas alturas. Harán cantares con ese farol y no te voy a hablar de los que seguramente lo harán -o lo están haciendo- porque casi todos han hecho cosas mucho peores. 

Para ponerse delante de un paso, o hay que ser muy osado, o hay que ser muy valiente y honesto con uno mismo e intentar da lo mejor que uno tiene para hacer feliz al que está debajo y te sigue casi con la misma fe que al que lleva arriba. Tú eres de esa segunda especie, la de los capataces que admiro y los que, sin decirme una palabra, me hicieron ver que yo solo servía, o para meterme debajo o para contar lo que estoy viendo.

Sois personas nacidas para ese oficio, que genera ilusión en la doble vertiente: las del costalero y la del espectador. Los que, con una frase en el momento preciso, conseguís que el alma tiemble, que volvamos a ser niños y sentir ese escalofrío olvidado de la infancia. Los que con una chicotá dibujáis la sonrisa en la mirada, del que contempla a la Virgen solo, por más gente que tenga alrededor.

Y ante esa Soledad, la individual y la que mostraba el rostro de la Virgen de San Cayetano, has demostrado tu grandeza, sobreponiéndote, guiando el altar de cera, en el que se proyectan los anhelos de cada devoto, con la maestría que gastas, como si ayer no hubiera existido y lo que pase mañana esté por descubrir.

Una noche como esta en la que te escribo, de hace veinte años, estaba debajo de un paso, intentando reunir las fuerzas necesarias -más de las que tenía- para se digno de que me llamaran costalero. Poco antes de aquello, alguien me tuvo que hacer el costal porque me temblaban las manos. Una vez dentro del recinto sagrado del costalero, el capataz mandaba que fuéramos de frente una y otra, y otra vez.

Y en ese “venga de frente” se resume todo. Por más que digan, la orden que daba el capataz es la única que sirve, seguir de frente, Rafa, con ese amor, buen hacer y humildad que derrochas, porque sois tan pocos los que reunís esas cualidades, que os hace más necesarios que nunca. Entre tanta oscuridad sois luz.