A contracorriente | Te castigo a ver procesiones

A los que estudiaron aquello que se denominaba EGB, BUP y COU les sonará el principio de autoridad del profesor. Un axioma inquebrantable para las familias de esos estudiantes que fuimos y la palabra del maestro , aunque fuera en contra del hijo, suponía mucho más que una prueba indiciaria.

La acusación era, de facto, una sentencia con castigo doble: en el colegio o instituto, y en la casa. Y los castigos eran variopintos, algunos incluso imaginativos, e iban desde echarte de clase hasta mandarte al despacho del director, pasando por ponerte en la primera banca de la clase, copiar algo en la pizarra o ponerte mirando de cara a la pared. Y, fíjense, ninguno morimos por aquello.

En casa, te quitaban de jugar a la Nintendo, si es que la había, te suspendían la paga y te prohibían ver la tele. A ese último detalle punitivo le cogí tal aprecio, que el castigo evolucionó con el tiempo en una torsión perversa.

Y lo hizo porque un servidor era más de ver procesiones (entonces en la tele de eso nada) y la pena se transformó. De apenas verlas (con el típico atracón cofrade en Semana Santa), ahora el castigo es verlas hasta que te salgan por los oídos y los orificios de la nariz.

Sirva la Magna de Córdoba de ejemplo, que va a tener los mismos capítulos que una miniserie documental de Netflix, con el día central el 11 de octubre y regresos el 13, 17 y 18. Y eso sin contar que algunas de las imágenes participantes van a hacer triplete de salidas este año, que igual optan al Balón de Oro cofrade, si existiera.

Los tiempos han cambiado. Ya no hay EGB y hay ESO, los profesores tienen menos autoridad que un policía y a estos apenas les queda, ya no se repite curso y ni te castigan ni en casa ni en el colegio. Solo lo pueden hacer las cofradías, por saturación de procesiones.