Es como el puente de la Asunción, pero sin festivo, aunque los puentes que tiende en la mar la marea que abraza son sus olas las barquillas donde navega la Virgen. La patrona de los hombres del mar, con su salve como una letanía tan antigua como la mirada que busca lo que trasciende, no para pedir, sino para consolar la necesidad del sentido exacto de las cosas.
La Virgen del Carmen saldrá hoy en procesiones que abarcarán la práctica totalidad de nuestra geografía, material y espiritual, y en Córdoba lo hará desde dos enclaves. Uno de ellos tendrá peculiaridades y no es otro que Puerta Nueva.
En el templo que comparte espacio con la Facultad de Derecho, la ley es ajena a la civil y la dictan los decretos eclesiales. El último se ejecutó hace unos meses y paró el proceso electoral de la hermandad y decidió dejar, quién sabe si a perpetuidad, a la junta de gobierno que debía dar el testigo a la que saliese de las urnas.
No se sabe si fue una especie de premio, de reconocimiento a la labor realizada en una cofradía que languidece, que mengua a paso decidido, con una nómina de hermanos en cuarto menguante y con la sola (que no es poca) actividad cultual y procesional.
Pero en Puerta Nueva, pese a que en los muros contiguos se apilen los viejos manuales de derecho, el tiempo camina distinto, con una parroquia con párroco dividido entre la suya, la de San Lorenzo, y la señalada; con otra prohermandad paralizada, también por decreto, que sacó de la decadencia nominal de bancas semidesértica a una comunidad parroquial que parece condenada a la intrascendencia.
El día del Carmen es raro en Puerta Nueva, por más que el templo esté consagrado a la Virgen del Carmen, todos parecen empecinarse en asir fuerte el pulso decimonónico que casi llevó a la extinción a las cofradías.





