A contracorriente | Ver cofradías, el don de los elegidos 

Cada vez es más frecuente ver el paso de las procesiones de lejos. Al menos, esto viene pasando de un tiempo a esta parte en Sevilla y, paulatinamente -como pasa con casi todo-, se va implementando en otras ciudades. 

Los cordones policiales, como sucedió esta semana con la procesión de la Virgen del Rocío en la capital hispalense, se hacen más fuertes, más recios, como si de impedir una manifestación de antisistemas se tratase. Y, pese al malestar general, las autoridades no administran el paracetamol de la relajación de medidas. Todo lo contrario. 

Invocar la seguridad, el miedo a la catástrofe, es una máxima que no falla. No hay nadie que, ya no es que se atreva a alzar la voz, sino a cuestionarlo mínimamente. Y, con ese penalti de ventaja antes de empezar el partido, el comodín da para poner vallas, semáforos de aforo, líneas rojas, más policías que público y todo lo que se le ocurra al gobernante de turno. 

Entre tanto, ver un paso de cerca se ha convertido en el lujo del pobre al que le toca la lotería o de quienes se pueden pagar un balcón privilegiado. Al menos, con tanta seguridad se conseguirá que nadie toque los pasos y que los nazarenos caminen sin agobios. Y quien tenga la suerte de ver una procesión de cerca podrá llegar a creer que tiene un don, o un superpoder, o es policía.