Hay bandas que, al primer acorde, ya es una delicia escucharlas. Suele ser una cuestión de romanticismo, no hay que negarlo, pero que se basa en algo tan profundo como la sustancia misma de las cofradías, de las imágenes que con solo oír el principio de la marcha, visualizas caminando por tal o cual enclave.
Y una de esas bandas es Esencia de Sevilla, a la que con su característico sonido, el de las cornetas puras, escuchas y ves. Y una de esas asociaciones parte de la memoria de lo que la formación hispalense legó en Córdoba, especialmente, tras el misterio del Císter.
Fueron años inolvidables, que no irrepetibles, porque se reeditarán en apenas un año, cuando regresen sus sones al caminar del paso del Señor de la Sangre.
Y es que Esencia, como su nombre indica, es precisamente eso, el sonido desnudo de la corneta y del tambor en una época de complejidades, que se agradecen y enriquecen, pero que necesitan el contrapunto del origen, de la melodía primaria que impone el metal de otro tiempo, de la Semana Santa que conocemos por tradición oral, pero que revive para nosotros cuando se alza la marcha sobre la atmósfera atrapada de la procesión.





