Hay algo profundamente contradictorio en cierta forma de vivir hoy la religiosidad popular. Nos desvivimos organizando cultos externos, discutimos itinerarios, marchas, repertorios y estrenos; llenamos tertulias y redes sociales de debates interminables sobre el mundo cofrade… y, sin embargo, dejamos pasar casi de puntillas una de las celebraciones más importantes del calendario católico: el Corpus Christi.
Resulta llamativo comprobar cómo muchos cofrades, capaces de recorrer kilómetros detrás de un paso en Semana Santa, apenas encuentran un hueco para acompañar al Santísimo Sacramento por las calles de su ciudad. Y no hablamos de una procesión cualquiera. Hablamos de la fiesta que pone en el centro aquello que da sentido a todo lo demás: la presencia real de Cristo en la Eucaristía.
Porque sin eso, todo lo demás corre el riesgo de convertirse en simple estética.
El Corpus Christi fue durante siglos la gran fiesta pública de nuestras ciudades. Balcones engalanados, altares efímeros, juncia en el suelo, campanas, niños de primera comunión, hermandades al completo acompañando al Santísimo… Era la Iglesia saliendo a la calle no para exhibirse, sino para proclamar aquello en lo que cree. Y el pueblo respondía.
Hoy, en demasiados lugares, la sensación es distinta. Calles medio vacías. Hermandades representadas por mínimos testimoniales. Cofrades que consideran el Corpus poco menos que un compromiso protocolario. Incluso hay ciudades donde la festividad parece sostenida únicamente por el esfuerzo silencioso de unos pocos que se resisten a dejarla morir.
Y quizá convendría preguntarse por qué.
Tal vez nos hemos acostumbrado a entender la fe desde lo espectacular. Desde lo que emociona rápidamente, desde el aplauso fácil, desde el impacto visual. El Corpus, en cambio, exige otra mirada. No hay misterio bajo palio ni cuadrillas levantando un paso al cielo. Hay silencio, adoración y reverencia. Hay una custodia recorriendo las calles entre el incienso y las oraciones. Y quizá precisamente por eso cuesta más.
Porque el Corpus obliga a ir a lo esencial.
También es cierto que algunas ciudades han dejado deteriorarse esta celebración hasta convertirla en un acto frío, desorganizado o falto de alma. Cuando una festividad pierde solemnidad, belleza y cuidado, termina perdiendo también capacidad de convocatoria. El patrimonio inmaterial de nuestras tradiciones necesita mimo constante. No basta con mantener una procesión “porque siempre se hizo”. Hay que trabajarla, dignificarla y hacer que vuelva a emocionar a las nuevas generaciones.
Y ahí las hermandades tienen mucho que decir.
Las cofradías no pueden reivindicar continuamente su papel evangelizador y, al mismo tiempo, mirar hacia otro lado cuando pasa el Santísimo. No se entiende una religiosidad popular fuerte que descuide precisamente la fiesta del Sacramento. El Corpus no debería ser una obligación de calendario ni una cita menor entre glorias y procesiones estivales. Debería ser una prioridad.
Quizá ha llegado el momento de recuperar el orgullo del Corpus Christi. De volver a preparar altares, de llenar las calles, de entender que acompañar al Santísimo no es un trámite, sino un privilegio. Porque las ciudades que descuidan su Corpus acaban perdiendo algo más que una tradición: pierden una parte de su identidad.
Y eso sí debería preocuparnos.





