A paso mudá | Cuando el micrófono humilla

En los últimos días hemos asistido, una vez más, a un lamentable episodio de desprecio mediático hacia nuestras bandas de música. En un espacio que debería estar destinado a informar con rigor, se ha optado por lo fácil: el sensacionalismo, el desprecio y el ninguneo. Con calificativos deleznables se ha atacado a formaciones con décadas de historia, se ha obviado a otras como si no existieran, y se ha hecho el vacío a algunas cuyo único “pecado” ha sido no ajustarse a los intereses de ciertas esferas.

Esta actitud no es nueva, pero sí cada vez más descarada. Lo que antes se decía en susurros, ahora se grita sin pudor ante una cámara. ¿Dónde ha quedado el respeto? ¿Dónde la ética periodística que exige una mínima imparcialidad y consideración hacia el trabajo ajeno? Porque las bandas no son un accesorio de nuestras cofradías. Son parte esencial del alma de nuestras procesiones, del latido popular que nos une como pueblo.

Resulta preocupante que los medios de comunicación, que deberían ser altavoces de la diversidad y la riqueza cultural, se conviertan en jueces implacables guiados más por afinidades personales o conveniencias comerciales que por criterios profesionales. No se trata solo de una cuestión de gustos musicales, sino de justicia y de respeto. No todo vale por una cuota de pantalla o un titular llamativo.

Desde aquí, alzamos la voz por todas esas bandas que han sido insultadas, ignoradas o silenciadas. Porque cada ensayo bajo la lluvia, cada marcha al sol del mediodía, cada compás que nace del corazón merece, como mínimo, respeto. Quienes no lo entiendan así, quizá deberían mirar más allá de la pantalla y acercarse a una banda. Escuchar antes de hablar. Sentir antes de juzgar.

El tiempo pondrá a cada uno en su sitio. Pero mientras tanto, no callaremos.