Hay una diferencia muy clara entre competir y conquistar.
Competir consiste en trabajar mejor, sonar mejor, ensayar más y convencer a una hermandad de que tu proyecto merece acompañar a su cofradía.
Conquistar consiste en otra cosa muy distinta: querer estar en todas partes. No conformarse con crecer, sino aspirar a que el resto desaparezca.
Y eso es exactamente lo que empieza a respirarse en la música procesional.
No hablamos de calidad. Hay bandas extraordinarias. Nadie discute su nivel. Tampoco hablamos de que una formación tenga derecho a presentar una oferta por un contrato. Lo preocupante llega cuando el objetivo deja de ser hacer música para convertirse en dominar el mercado.
Porque cuando una sola formación comienza a aparecer en todos los carteles, cuando año tras año acumula más y más contratos mientras otras desaparecen del mapa, el problema ya no es musical. Es estructural.
Algunos lo llaman éxito.
Otros lo llamamos concentración.
Y toda concentración acaba teniendo las mismas consecuencias: menos alternativas para las hermandades, menos oportunidades para decenas de bandas y un mercado cada vez más débil.
Lo más llamativo es que este fenómeno no ocurre por casualidad. Se alimenta de una carrera permanente por ofrecer más, cobrar menos, asumir condiciones que nadie aceptaría y convertir cada renovación en una cuestión de supervivencia. El mensaje es devastador: da igual el trabajo de una banda durante décadas; siempre habrá alguien dispuesto a hacerlo más barato.
Ese camino tiene un final muy conocido.
Primero desaparecen las pequeñas.
Después empiezan a sufrir las medianas.
Y cuando ya apenas quedan competidores, el mercado deja de regularse solo.
No hace falta estudiar economía para entenderlo. Los monopolios nunca benefician al conjunto. Benefician únicamente a quien consigue alcanzarlos. Incluso en otros sectores, la concentración excesiva acaba reduciendo la competencia y perjudicando al resto del mercado.
Hay quien responde que “la culpa es de las hermandades”. Otros señalan exclusivamente a las bandas. La realidad es bastante más incómoda: el problema existe porque unos ofrecen y otros aceptan.
Y mientras tanto seguimos vendiendo un discurso de compañerismo que cada vez resulta más difícil creer.
No somos compañeros cuando el objetivo es ocupar el sitio del de al lado.
No defendemos la música cuando rebajamos su valor.
No fortalecemos el patrimonio musical cuando convertimos cada contrato en una subasta.
Lo peor es que muchos aplauden esta dinámica porque, mientras su banda gana contratos, creen estar viviendo una época dorada.
Pero las burbujas también parecen eternas… hasta que estallan.
Quizá todavía estemos a tiempo de entender que una Semana Santa con veinte grandes bandas es mucho más rica que una donde siempre suenan las mismas cuatro.
Porque el prestigio no consiste en tocar más.
Consiste en dejar espacio para que todos puedan seguir existiendo.
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