En los últimos años estamos asistiendo a un fenómeno curioso —y preocupante para algunos— dentro del panorama musical cofrade: el aumento exponencial de marchas procesionales compuestas cada temporada. No es extraño encontrarnos con autores que firman más de veinte obras en un solo año. La pregunta surge inevitable: ¿es esto síntoma de buena salud creativa o estamos ante una inflación musical que puede acabar devaluando el género?
A primera vista, podría parecer una magnífica noticia. Que existan tantos compositores activos demuestra que la música procesional está viva, que interesa, que se encarga y se interpreta. Las bandas amplían repertorio, las hermandades reciben dedicatorias y el público estrena melodías cada cuaresma. Desde ese prisma, la abundancia sería sinónimo de vitalidad.
Sin embargo, cuando se analiza con algo más de calma, aparece la otra cara de la moneda. La composición musical requiere tiempo, reposo y reflexión. No se trata solo de encadenar acordes o repetir fórmulas que funcionan. Crear una marcha verdaderamente memorable implica elaborar un discurso musical sólido, desarrollar una identidad propia y cuidar la orquestación hasta el último matiz. Y eso difícilmente puede lograrse cuando el calendario obliga a producir obras casi en serie.
El resultado es perceptible para muchos aficionados: marchas que suenan demasiado parecidas entre sí, giros melódicos reciclados, modulaciones previsibles y estructuras calcadas. Las llamadas “marchas primas hermanas” proliferan, y con ellas surge una sensación de déjà vu que resta personalidad tanto a la obra como al autor. No se trata de acusar de falta de talento —que lo hay y mucho— sino de advertir que el exceso de producción puede diluir la inspiración.
Conviene recordar que la historia ha consagrado marchas que no nacieron con prisa. Muchas de las composiciones que hoy consideramos clásicas fueron fruto de procesos lentos, revisiones constantes y estrenos meditados. La calidad, en música, rara vez es amiga de la urgencia.
Esto no significa que componer mucho sea necesariamente negativo. Algunos autores poseen una facilidad creativa extraordinaria y son capaces de mantener un alto nivel incluso con gran volumen de obras. El problema aparece cuando el sistema —encargos, modas, demandas inmediatas— empuja a producir más de lo que el proceso artístico aconsejaría.
Quizá el debate no deba centrarse en cuántas marchas se escriben, sino en qué criterio se estrenan, se interpretan y se mantienen en repertorio. El tiempo, como siempre, será el juez definitivo. Las marchas que tengan algo que decir permanecerán; las que no, caerán en el olvido sin necesidad de polémica.
Porque al final, en música procesional como en cualquier arte, no se trata de sonar mucho… sino de perdurar.





