A paso mudá | Extraordinarias: música y bullas

La extraordinaria de Las Aguas con Rosario de Cádiz quedará en la memoria de muchos por lo que supuso: un acontecimiento que atrajo a cientos de personas y que dejó estampas de una intensidad difícil de olvidar. La banda sonó como solo ella sabe hacerlo, con fuerza y personalidad, y su música volvió a demostrar la capacidad que tiene de atraer a jóvenes y mayores por igual.

Sin embargo, entre tanto fervor musical conviene detenernos y recordar algo esencial: la música no lo es todo. La banda es un acompañamiento, una ofrenda que enriquece, que da color y emoción, pero nunca debe convertirse en protagonista por encima del Señor al que sirve.

Durante la procesión se vivieron momentos en los que la atención parecía más pendiente del solo, de la marcha escogida o de los móviles grabando cada acorde, que de la imagen a la que acompañábamos. Y ahí es donde debemos hacer un ejercicio de reflexión. La música es un medio, no un fin. El verdadero sentido de una procesión está en la devoción, en la fe compartida, en ese silencio que también habla y que a veces dejamos en un segundo plano.

No se trata de restar valor a la música, al contrario. Rosario de Cádiz volvió a mostrar por qué es una referencia indiscutible, y eso es motivo de orgullo. Pero la hermandad y su Titular son el centro de todo, y cuando la música eclipsa esa verdad corremos el riesgo de perder lo esencial.

Ojalá sepamos encontrar siempre el equilibrio: disfrutar de la belleza de la música sin olvidar que su razón de ser es guiar nuestras emociones hacia lo que realmente importa. Porque al final, lo extraordinario no es la marcha que se interpreta ni la ovación que se recibe, sino la fe que permanece cuando todo termina.