A paso mudá | Fuera caretas: el pueblo ya no compra relatos victimistas

Hay contratos que se rompen en silencio, con un apretón de manos y un “hasta siempre”. Y luego están los otros: los que, al romperse, destapan más de lo que muchos quisieran.

Hace poco se anunció una no renovación. Nada grave, hasta que empezó la función paralela: un comunicado contundente por un lado y, por el otro, una versión “alternativa” servida en bandeja por cierto medio que, casualmente, nunca pierde la oportunidad de echarle flores al mismo protagonista… aunque esté pisando todos los charcos.

La jugada parecía perfecta: controlar el relato, hacerse la víctima y salir ovacionado. El problema es que el pueblo ya no compra entradas para ese teatro. La gente habla, compara y une piezas. Y cuando todo el pueblo empieza a señalar en la misma dirección, es que el cuento ya no cuela.

Durante años, la historia se contó desde un solo lado. Hoy, sin embargo, las conversaciones en la plaza, en las redes y en la barra del bar tienen un argumento común: todos parecen tener claro quién es el malo de la película.

Lo curioso es que el malo de esta historia no necesita antifaz ni capa negra: se delata solo… y a estas alturas, ni el medio más entregado podrá cambiar el final.