La primavera de 2025 ha llegado entre incienso rezagado y lluvias repentinas, como queriendo recordarnos que la vida cofrade no se somete al calendario, sino al corazón. Atrás queda una Semana Santa que no terminó de arrancar, que en muchas ciudades fue más una espera contenida que una explosión de fe en la calle. Y sin embargo, como si la liturgia del tiempo nos recordara que la devoción no entiende de paraguas ni partes meteorológicos, las hermandades de Gloria han comenzado a llenar el aire con otro tipo de aroma: más sereno, más íntimo, pero no por ello menos poderoso.
Las Glorias no necesitan los focos de marzo ni la grandilocuencia del palio bajo la luna. Caminan a su paso. Silenciosas a veces, festivas otras. Son, quizás, el mejor ejemplo de lo que significa seguir andando incluso cuando el mundo parece haberse detenido. Y este año, más que nunca, nos han enseñado que el alma de la religiosidad popular no descansa ni se repliega, sino que brota con fuerza en patios, barrios, callejas y altares sencillos.
Mientras algunos se apresuran a declarar agotado el modelo de la Semana Santa “de escaparate”, las Glorias florecen como lo hace el azahar tardío: sin estridencias, pero dejando huella. Y me pregunto si no será ese el camino. Si no será ese el paso que nos toca seguir ahora: un paso más corto, más pegado al suelo, más consciente. Un paso mudá.
En Córdoba, en Sevilla, en tantos rincones donde el calendario avanza hacia el verano, las Vírgenes del Carmen, las Divinas Pastoras, las Rocíos, los Sagrados Corazones, los patrones y las patronas, salen con la misma certeza con la que lo hicieron nuestras abuelas. Sin esperar trending topics. Sin contar reproducciones. Sin más eco que el de una promesa cumplida.
Y es en esa fidelidad donde está la fuerza. Porque si la Semana Santa es la memoria de la Pasión, las Glorias son la promesa del consuelo. Y qué falta nos hace, en estos tiempos donde todo caduca en horas, donde la inmediatez se ha convertido en dogma. Las Glorias nos invitan a detenernos, a mirar a los ojos de una Virgen en un paso de tercio de varal, a dejar que una Salve cantada sin prisa nos ablande el alma.
Que no nos engañen los silencios ni la falta de titulares. La primavera sigue viva. Y en cada procesión de Gloria hay un pueblo que no se rinde. Que sigue creyendo. Que, a su paso mudá, se abre camino hacia lo eterno.





