En los últimos tiempos se percibe una tendencia que empieza a preocupar a quienes seguimos la Semana Santa con serenidad y respeto: el peso excesivo que están tomando las modas, incluso por encima de la memoria y de las relaciones construidas durante años. Algunas decisiones recientes parecen más guiadas por el impulso de “subirse a la ola del momento” que por una reflexión serena sobre lo que aporta solidez y coherencia a una corporación.
Pero más allá del cambio en sí —legítimo siempre que se haga con responsabilidad— lo que verdaderamente inquieta son las actitudes que, desde ciertos sectores, se generan alrededor. No hablamos de burlas públicas ni de declaraciones estridentes, sino de algo más sutil y, quizá, más revelador: comentarios privados, gestos velados, pequeños círculos donde se menosprecia al que ha estado ahí durante décadas, sosteniendo su estilo con dignidad.
La gente de paz no necesita escuchar frases altisonantes para darse cuenta de lo que ocurre. Se percibe en guiños, en insinuaciones, en conversaciones de pasillo donde algunos se regodean como si lo nuevo solo pudiera justificarse hundiendo lo anterior. Una especie de satisfacción íntima, casi celebrada en secreto, ante la idea de que la moda ha triunfado sobre la trayectoria.
Es triste que se normalice esa manera de actuar: decisiones impulsadas por tendencias efímeras, acompañadas de un relato oculto que menosprecia lo que ha construido historia sin alzar la voz, sin campañas agresivas y sin necesidad de encajar en ninguna estética puntual.
Cambiar es legítimo. Pero borrar, aunque sea en privado, a quienes han trabajado con constancia durante tantos años, no lo es. Porque la Semana Santa —vista desde el respeto y no desde el oportunismo— tiene más que ver con la memoria que con el ruido; más con la coherencia que con la moda; más con la elegancia que con los comentarios de pasillo.
Al final, las modas pasan. La trayectoria permanece. Y, aunque algunos disfracen sus gestos entre susurros, el tiempo acaba colocando cada pieza donde realmente pertenece.
Se acaba un binomio, vuelve la moda.
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