Hay un instante —no marcado en calendario ni anunciado por campanas— en que todo empieza a encajar. No ocurre cuando vemos el primer paso en la calle ni cuando suena la primera marcha. Sucede antes. Mucho antes. Es ese momento interior en que comprendemos que nada de lo vivido en los meses previos era accesorio, que cada espera, cada ensayo, cada nostalgia… tenía un porqué.
La Cuaresma es precisamente eso: el tiempo en el que las piezas dispersas del alma comienzan a ordenarse. Lo que antes parecía rutina se vuelve preparación; lo que creíamos costumbre se revela como necesidad; y lo que hacíamos casi sin pensar se transforma en un acto cargado de sentido.
Porque llega un punto en el que uno deja de preguntarse para qué todo esto… y simplemente lo entiende.
Entonces comprendemos que no eran los días los que nos acercaban, sino el deseo. Que no era la tradición la que nos sostenía, sino la fe —aunque a veces estuviera dormida—. Que no era el ruido el que nos llenaba, sino los silencios que sabíamos guardar.
Y es ahí, justo ahí, cuando todo cobra sentido.
Cobra sentido el madrugar para un ensayo. Cobra sentido el cansancio acumulado. Cobra sentido esa emoción difícil de explicar cuando vemos un paso avanzar lentamente. Cobra sentido incluso la ausencia de quienes ya no están, porque descubrimos que siguen presentes en cada gesto que heredamos de ellos.
La Cuaresma madura cuando dejamos de vivirla como espectadores y empezamos a vivirla como protagonistas interiores. Cuando entendemos que no se trata de que llegue algo fuera, sino de que despierte algo dentro.
No es un cambio brusco. Es una claridad serena. Como si el alma, después de semanas de preparación silenciosa, encontrara al fin su sitio.
Y entonces ya no buscamos explicaciones.
Porque cuando la Cuaresma se vive de verdad, no se explica: se reconoce.
A paso mudá, uno descubre que el sentido nunca estuvo lejos.
Solo estaba esperando a que lo miráramos de frente.





