Hay quien dice que cada Cuaresma es distinta, que ninguna se parece a la anterior, y no puedo estar más de acuerdo. La mía ha cambiado de piel tantas veces como el calendario ha ido marcando primaveras. Hace un año hablaba de esas puertas que se abrían con la primera mudá, cuando el costal volvía a ajustar su beso sobre la nuca y el alma se ponía en guardia, consciente de que el tiempo de espera había terminado. Hoy vuelvo a escribir a paso muda, pero esta vez la reflexión es distinta: porque me he dado cuenta de que cada ensayo, cada levantá y cada oración en silencio nos cambia sin darnos cuenta.
La Cuaresma es ese largo pasillo que conduce a la Gloria, pero es también un espejo donde nos miramos tal y como somos. No sé si será el peso de los años, o que la vida me ha enseñado a valorar cada instante, pero este año noto una Cuaresma más serena, más íntima, más mía. A paso mudá se aprende a escuchar el silencio, a entender que el sacrificio no es solo sudar debajo del paso, sino también saber estar cuando no hace falta decir nada.
Las puertas siguen ahí, claro que sí, pero ahora no solo las cruzo: las observo. Me fijo en como suenan al abrirse, en como entra el aire fresco de marzo, en como se mezcla con el incienso que aún flota en la memoria. A paso muda, la vida te enseña que lo importante no es solo llegar, sino entender por qué caminas, para quién caminas y cómo lo haces.
Esta Cuaresma me la tomo así, sin prisa, a compás, sabiendo que cada paso, cada ensayo y cada rezo me acercan un poco más a lo que soy cuando la Semana Santa me despoja de todo lo accesorio y me deja solo con mi fe. A paso mudá, como siempre, pero con la certeza de que cada Cuaresma me muda un poco más por dentro.





