Hubo un tiempo en el que el verano era, simplemente, verano.
Las bandas descansaban, los músicos desconectaban y la actualidad cofrade sobrevivía entre algún certamen, algún concierto y la cuenta atrás para septiembre.
Hoy eso parece imposible.
Porque hay quien ha decidido que el calendario no puede permitirse un solo día de silencio.
Cada verano tiene su anuncio.
Su fichaje.
Su renovación.
Su vídeo.
Su campaña.
Su exclusiva.
Su “bombazo”.
Y, curiosamente, casi siempre con el mismo protagonista.
No es casualidad. Tampoco improvisación. Es una forma de entender la comunicación: permanecer constantemente en el foco, aunque para ello haya que fabricar actualidad cuando apenas la hay.
La cuestión no es comunicar. Todas las bandas tienen derecho —y casi la obligación— de hacerlo. El problema aparece cuando la comunicación deja de acompañar a la actividad y empieza a sustituirla.
Cuando lo importante ya no es lo que ocurre, sino que se hable de que ocurre.
Da igual si el anuncio cambia realmente el panorama musical. Da igual si la noticia tiene recorrido o si dentro de dos semanas nadie la recuerda. Lo esencial es ocupar titulares, dominar las conversaciones y marcar la agenda cofrade.
Y lo consiguen.
Cada verano volvemos a discutir sobre lo mismo.
Cada verano las redes giran alrededor del mismo nombre.
Cada verano parece que el resto de bandas desaparecen del mapa.
No porque hayan dejado de trabajar, sino porque el ruido de unos termina tapando el esfuerzo silencioso de muchos.
Vivimos en una época en la que algunas organizaciones han comprendido que la atención es un recurso tan valioso como el prestigio. Pero también han olvidado que no son exactamente lo mismo.
La atención se compra con impacto.
El prestigio se construye con tiempo.
La atención puede durar un día.
El prestigio necesita años.
Quizá por eso convendría preguntarse si la música procesional está entrando en una dinámica donde importa más generar conversación que generar legado.
Porque cuando una banda necesita estar permanentemente en el centro del escenario, corre el riesgo de convertir cada semana en un acto de autopromoción. Y cuando eso sucede durante meses, el protagonismo deja de parecer natural y empieza a convertirse en un fin en sí mismo.
No hay veranos tranquilos.
No hay pausas.
No hay silencio.
Siempre tiene que pasar algo.
Y cuando uno necesita que siempre pase algo para seguir siendo el centro de la conversación, quizá el verdadero protagonista ya no sea la música, sino la necesidad de ser protagonista.
Y esa diferencia, aunque a veces cueste verla, lo cambia absolutamente todo.
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