Esta pasada Semana Santa ha sido, sin duda, especial. He podido disfrutar del arte, la devoción y la tradición que convierten nuestras calles en un escenario único donde la historia y la fe se entrelazan. Las bandas, los pasos, el aroma a incienso y la emoción compartida crean momentos que, sinceramente, merecen ser vividos con calma y respeto.
Pero, junto a esa maravilla, he visto un fenómeno preocupante que no puedo dejar de señalar. Cada vez es más común ver a personas tiradas en el suelo, incluso durmiendo a altas horas de la madrugada. Los botellones proliferan y las famosas “sillitas” se apoderan de las aceras, convirtiendo el paseo en un obstáculo más que en un disfrute colectivo. Y, para colmo, influencers que puntuaban bandas como si se tratara de una competición deportiva, olvidando la esencia de lo que realmente significa acompañar una procesión.
No se trata de prohibir, sino de recordar que la Semana Santa no es un espectáculo más, sino un momento de convivencia, de respeto y de transmisión de cultura y valores. El disfrute está garantizado cuando se practica con consideración hacia los demás, sin invadir espacios ni banalizar lo que nos conecta con nuestra historia.
Ojalá podamos seguir disfrutando de nuestras tradiciones, pero sin perder de vista que el respeto es el paso más importante que todos debemos dar. Porque la verdadera Semana Santa, la que merece la pena, se vive en comunidad y con conciencia.





