Otro Domingo más viene a Gente de Paz el Evangelium Solis de esta semana. Esta semana vivimos el Domingo XXX del tiempo Ordinario. Hoy contemplamos uno de los milagros más conocidos de Jesús, donde cura a un ciego en Jericó.
Lectura del santo Evangelio según San Marcos
En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo (el hijo de Timeo) estaba sentado al borde del camino pidiendo limosa. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar:
–Hijo de David, ten compasión de mí.
Muchos le regañaban para que se callara. Pero él gritaba más:
–Hijo de David, ten compasión de mí.
Jesús se detuvo y dijo:
–Llamadlo.
Llamaron al ciego diciéndole:
–Ánimo, levántate, que te llama.
Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
Jesús le dijo:
–¿Qué quieres que haga por ti?
El ciego le contestó:
–Maestro, que pueda ver.
Jesús le dijo:
–Anda, tu fe te ha curado.
Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.
Palabra del Señor
En el evangelio de hoy, Marcos nos cuenta la última escena de Jesús antes de llegar a Jerusalén. Se sitúa en Jericó, la ciudad desde la que se subía a Jerusalén, y por donde pasaban todos los que venían de Galilea. Jesús se encuentra al borde del camino a un ciego. Está fuera del camino, marginado de la sociedad, como correspondía a todos los que padecían alguna tara física. Pero este ciego con su ceguera representa, a la vez, una ceguera más fuerte que afectaba a algunos de los que seguían a Jesús y solo porque hacía milagros. En ese camino encontrará mucho gente. Los ciegos no tienen camino, sino que están fuera de él. Jesús, pues, le ofrecerá esa alternativa: un camino, una salida, un cambio de situación social y espiritual.
El gesto del ciego de abandonar su manto y su bastón, es un gesto de querer ir a Jesús, la fuerza de llegar a Él. ¿Por qué le “llamó” Jesús y no se va hacía el? La gente le dice: él te llama. Jesús ha llamado a seguirle a varias personas; ahora “llama” a un ciego para que se acerque. Aparentemente no lo llama para seguirle, sino para curarle, pero la curación verdadera será el “seguirle” camino de Jerusalén, con una actitud bien distinta a la de los discípulos que discutían por vez quien era el primero. Al ciego eso no le importa. Por ello, que el relato del ciego Bartimeo sea en el momento de subir a Jerusalén, es muy significativo.
La persistencia del ciego en llamar a Jesús deja a las claras que lo necesita de verdad y lo quiero seguir de manera autentica, no como muchos de lo que le seguían. Jesús le dice que se acerque, le toca, lo trata con cariño; entonces su ceguera se enciende a un mundo de fe y de esperanza. Tras recuperar la vista, no se queda a un lado, ni se vuelve a Jericó, ni vive su alegría de poder ver solo. El lo tiene muy claro, decide seguir al Señor. Esto es lo importante del relato del Evangelio. La vista recuperada le hace ver un Dios nuevo, capaz de iluminar su corazón y seguir a Jesús hasta donde sea necesario. Vemos, pues, que un relato de milagro no queda solamente en eso, sino que se convierte en una narración que nos introduce en el momento más importante de la vida de Jesús: su pasión y muerte en Jerusalén.





