Ante la intervención reciente la la Virgen de la Esperanza Macarena

Por Javier Navarro Alba | Sacroarte Sevilla

Hoy me cuesta escribir. Me cuesta porque hablo desde un lugar que no es el del artista, ni el del técnico, ni siquiera el del sevillano que vive rodeado de imágenes. Hoy hablo desde el dolor, desde la impotencia y la profunda incomprensión ante lo que ha ocurrido con la Virgen de la Esperanza Macarena.

La Macarena no es una talla. La Macarena es Sevilla llorando por dentro y sonriendo por fuera. Es la madre que consuela sin hablar. Es el abrazo de los que ya no están. Es el punto de encuentro entre lo humano y lo divino. Y su mirada, esa mirada, no se puede tocar sin tocar el alma de su pueblo.

La intervención reciente aunque se haya definido como preventiva ha generado un cambio que va mucho más allá de lo técnico. La colocación de unas pestañas, que podrían parecer un detalle menor para quienes no entienden de esto, ha supuesto un vuelco emocional para muchos de nosotros. Su expresión ha cambiado, su gesto no es el mismo… y eso duele.

Porque no se trata solo de un “retoque”. Se trata de una falta de sensibilidad, de una ausencia de empatía con lo que representa esa imagen para cientos de miles de personas. No es un busto cualquiera, no es una pieza de museo. Es la devoción más universal de nuestra ciudad. Y todo lo que se le haga por pequeño que parezca debe hacerse con extrema delicadeza, con luz pública, con explicaciones previas y, sobre todo, con respeto absoluto al sentimiento popular.

Como artista sacro, como restaurador, como alguien que vive cada día entre pinceles, barro, resina y lágrimas, puedo asegurar que los materiales se restauran. Pero lo sagrado no se improvisa. El alma de una imagen no se mide con radiografías. Se mide con la fe del pueblo que se arrodilla ante ella.

Y si esa fe hoy está herida, si las redes arden, si los devotos lloran delante del camarín sin reconocer a su Esperanza… algo se ha hecho mal.

La Macarena es patrimonio vivo. Y cuando se toca a la Macarena no se está interviniendo una obra de arte: se está entrando en el corazón de Sevilla. Un corazón que hoy late desacompasado, desconcertado, herido.

No escribo esto por polémica. Lo escribo por amor. Porque a mí, como a tantos otros, me enseñaron a mirar a los ojos de esa Virgen y encontrar consuelo. Y hoy, al mirarla, siento otra cosa. Y eso, sencillamente, no debió pasar.

Ruego que este episodio sirva para reflexionar. Que nunca más se decida desde un despacho lo que solo se entiende desde un banco de iglesia, desde una madrugada de Viernes Santo, desde la lágrima del devoto anónimo que no entiende de técnicos, pero sí de amor.

Que nunca más se nos devuelva una Esperanza que no reconocemos.