Aquí hay bemoles | El “circo” de las Tres Caídas en Zamora: cuando el «público de festival» pisotea el respeto

Lo vivido hace unas horas en Zamora con la Banda de Cornetas y Tambores de las Tres Caídas de Triana no es una anécdota desafortunada; es un síntoma alarmante de la degradación del público actual que acude a estos eventos. Que una de las formaciones más excelsas y respetadas de la música procesional reciba una pitada en un concierto es de una ordinariez supina, un reflejo fiel de una masa de consumidores maleducados que confunden un acto cultural con un festival de música veraniego o un partido de fútbol. Exigencia desde la ignorancia. 

Resulta obvio que el principal problema radica en parte del público que consume estos eventos hoy en día. Se ha creado una masa de «turistas de cofradías» y cazadores de reels de Instagram que no buscan la música, sino el show y el aplauso fácil. Van a los conciertos con la mentalidad del que paga una entrada de cine y se cree con el derecho de patalear si la película no termina como ellos quieren. Y eso, tiene consecuencias indeseadas.

Abuchear a las Tres Caídas porque “supuestamente” ha llegado tarde a “Zamora” desde Sevilla, algo que fuentes cercanas a todo lo ocurrido desmienten totalmente, asegurando que fue la organización la que adelantó el concierto a última hora, denota una falta absoluta de cultura musical, de educación y de empatía y nos da señales de la educación de una parte del público que allí agrupaba. 

La banda en junio: Una vulnerabilidad de la que el público se aprovecha

Es cierto que este lamentable episodio también debe obligar a una profunda reflexión interna en la dirección de la banda de la calle Pureza. ¿Qué hacía la formación a finales de junio a cientos de kilómetros de Sevilla? Históricamente, la línea roja de las vacaciones era sagrada: tras el Corpus de Triana, los instrumentos se guardaban para respetar el descanso de unos componentes exhaustos tras un año durísimo de ensayos y una Semana Santa extenuante.

Romper esa tradición y estirar el chicle del calendario por un evidente interés económico solo sirve para desproteger a sus propios músicos. Al cruzar España en la antesala del verano por fines lucrativos, la banda se expone innecesariamente. Se baja al barro de los circuitos estivales y abre la puerta a que públicos maleducados, que no entienden de su idiosincrasia ni de su historia, se sientan legitimados para exigirles el 100%, como si fueran esclavos de un talón.

El cliente no siempre tiene la razón

Cuando el mercantilismo de los organizadores y la ambición de las directivas se juntan con un público malcriado que se cree dueño del espectáculo por haber pagado un billete, el resultado es el bochorno de Zamora.

La crítica debe ser feroz contra esa grada intransigente y maleducada, pero también debe servir de aviso para Triana: la mística y el señorío no se pueden subastar en plazas lejanas. El público actual ha demostrado que no merece el esfuerzo de un músico cansado en pleno mes de junio.