Existe un mantra tan repetido que ya casi se acepta como dogma de fe: «El sevillano es ombliguista, se cree que su Semana Santa es la única que existe». Sin embargo, basta con alejarse un poco de los tópicos para descubrir una realidad incómoda. Si Sevilla es el centro del universo cofrade, no es porque los sevillanos hayan levantado un muro, sino porque el resto de Andalucía —y de España— hace cola en sus puertas para rendirle pleitesía. La paradoja está servida: se critica el centralismo hispalense desde el mismo autobús de la banda que viaja hacia la capital de Andalucía.
Para entender este fenómeno de masas, postureo y necesidad de validación, hay que mirar hacia otra de las grandes pasiones de nuestra tierra: el Carnaval de Cádiz. Lo que ocurre con la música procesional en Sevilla es el calco exacto de lo que sucede en el Gran Teatro Falla. Da igual que una comparsa de Almería, Córdoba o Murcia sea una obra de arte; si no pisa las tablas de la casa de los ladrillos coloraos, parece que no existe. El Falla valida, el Falla da el carné de «artista».
En la música de la Semana Santa, Sevilla es ese gran teatro. Tocar en la Campana o revirar en la Alfalfa se ha convertido en el examen final, en el sello de calidad que toda formación busca para inflar su caché y su orgullo. El problema es que, para entrar en este teatro, el precio que se está pagando es la pérdida absoluta de la identidad y el desarraigo.
La ambición es lícita, pero el marketing es frío. Hoy en día presenciamos un fenómeno alarmante: bandas de nivel excelso que prefieren dejar colgadas a las hermandades de su propia provincia —esas que los vieron nacer, que los apoyaron cuando no ensayaban con frío y que compartían sus mismos códigos devocionales— por el simple hecho de firmar un contrato en Sevilla.
Se cambian las vivencias de la infancia, los recuerdos compartidos con los vecinos y el verdadero sentido de la música procesional por un puñado de likes en redes sociales y un vídeo en YouTube de alta definición. Se llega al extremo de ver a cientos de músicos tocando con el piloto automático tras una imagen a la que jamás han visto la cara, de la que desconocen su historia y con la que no les une absolutamente nada, más allá de la fría transacción de un contrato de exclusividad.
Es una dolorosa paradoja. Se critica con rabia la supuesta soberbia sevillana, pero son las propias formaciones de fuera las primeras que devalúan la Semana Santa de sus provincias, relegándola a un segundo plato si Sevilla llama a la puerta.
Sevilla no obliga a nadie a venir, ni va buscando colonizar las mentes de los músicos andaluces; son las bandas de fuera las que sitúan a la Semana Santa de Sevilla en un pedestal inalcanzable, alimentando ese monstruo que luego critican. Si los de fuera anteponen Sevilla a sus propias raíces, tradiciones y sentimientos, ¿con qué autoridad moral se le va a pedir al sevillano que no esté orgulloso de lo suyo? Al final, el ombligo no se lo miran los de dentro; se lo buscan los de fuera.
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