A pulso aliviao, Opinión

Baño de Sevillanía

ESPERANZA, el deseo ilusionado de conseguir lo que se anhela, de ver hecho realidad lo que nuestra mente y nuestro corazón ansían.

ESPERANZA, el instinto que nos lleva a seguir aguardando la llegada del final deseado.

ESPERANZA, la que nos hace intuir la luz verde al fondo de la larga oscuridad del túnel.

Este sensacional fragmento del inicio del Pregón de la Semana Santa 2011 del gran orador Fernando Cano, bien podría ser el resumen precioso de todo lo que el corazón de cada sevillana ha vivido y sentido en los siete días del gozo.

Porque nadie podía imaginar aquel 14 de marzo de 2020, fecha del inicio del confinamiento, que ése sería el día de la Esperanza.

Sí, aunque pueda parecer contradictorio, aquellas jornadas enclaustrados en casa por culpa de una pandemia mundial fueron el germen de la espera, la ilusión y el ansia.

Esa burbuja de sensaciones encalupsadas durante 2 años estalló hace poco más de una semana, cuando la luna marcaba en el calendario un nuevo Domingo de Ramos.

E igual que la canción de Julio Iglesias, la vida seguía igual en apariencia y todo volvía a su ser por las calles de Sevilla: Los balcones, la cera, la flores, los bordados, el incienso, el antifaz, los caramelos o el esparto.

Todo parecía estar igual que siempre, pero el alma de los cofrades había cambiado en estos meses de ausencia. Porque el capillita redescubrió su Semana Santa hace 10 días, envolviéndose en sus sonidos, en sus olores y sobre todo en sus imágenes.

Estampas tan clásicas como la salida de la Borriquita, San Bernardo en el puente de los bomberos, el Gran Poder en el Postigo o Triana por el Altozano cobraban un matiz desconocido y renovado después de los duros momentos pasados.

Y hasta el verso intemporal se hacía más actual que nunca: «La madrugá se arrodilla, ha merecido la pena, se cumplió la maravilla, otra vez la Macarena, por las calles de Sevilla».

En definitiva, Sevilla volvió a pelar la pava con su máxima expresión de fe popular tras una particular noche oscura que nos dejó mucho tiempo sin los días de la Pasión.

Esta Semana Santa, al igual que ese primer chapuzón en el mar cuando el sol llega a su máxima expresión, ha sido un auténtico lujo para los sentidos, y una bendición para todos los que podrán narrar ese momento histórico para la eternidad.