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El Cirineo, Opinión

“Bravehearts” no, gracias

En 1995 llegó a las pantallas de los cines de todo el mundo la película Braveheart, una mítica cinta, basada en la vida de William Wallace, un héroe nacional escocés, que se desarrolla en la Primera Guerra de Independencia de Escocia. Una película que alcanzó un éxito incuestionable traducido en, nada menos, que cinco Óscars, incluyendo el de mejor película. Una de las escenas más emblemáticas de la película es aquella en la que el protagonista, Mel Gibson, se dirige a sus tropas antes de la batalla para enardecer a los valientes soldados que iban a enfrentarse a un enemigo muy superior para defender sus ideales. ¿Quién no se ha emocionado con la espectacular banda sonora compuesta por el compositor James Horner, mientras se imaginaba a sí mismo luchando contra un enemigo todopoderoso? Sí, ya se lo que me van a decir: “El Cirineo ha perdido definitivamente la cabeza”. No se precipiten, les explico.

Las últimas semanas están siendo particularmente intensas en lo que a batallas se refiere. Batallas que forman parte de una ardua y prolongada guerra que se viene manteniendo entre la izquierda y la extrema izquierda, cuyos límites se están difuminando de manera alarmante en los últimos tiempos y los sectores de la población que se consideran católicos. Habrá quien les diga que la guerra es contra la alta jerarquía eclesiástica… mienten. La guerra es contra los católicos. En Córdoba la excusa es la Mezquita Catedral porque no hay tumba de Queipo que llevarse a la boca, así de simple. Pero el trasfondo es que hay un sector de las fuerzas políticas españolas, y por ende de la población – y esto es lo que realmente asusta y preocupa a partes iguales -, que pretende erradicar a los católicos de la sociedad, como bien afirmaba el contundente comunicado emitido por la Agrupación de Cofradías el pasado lunes, que subrayo y aplaudo sin fisuras ni matices, y créanme, no es fácil que yo aplauda y suscriba algo que emane del máximo órgano de representación de las cofradías desde que es presidido por Francisco Gómez Sanmiguel. Lo subrayo únicamente para que quienes lean estas líneas descarten la adhesión inquebrantable por mi parte. En esta ocasión, y bajo mi punto de vista, la respuesta de la Agrupación de Cofradías ha sido adecuada y proporcional, toda vez que los ataques que venimos sufriendo los católicos en general y los cofrades en particular, por parte de una patulea de perroflautas, anticapitalistas con polo de marca y entrada gratis en el campo de fútbol y comunistas de salón ha alcanzado límites intolerables. Siempre dije que es preciso levantar la voz, de cuando en cuando, y en este caso la Agrupación lo ha hecho, llamando a las cosas por su nombre.

No puedo decir lo mismo, no obstante de otras reacciones que, francamente me provocan sonrojo. Los últimos días, y la polémica que tenemos entre manos, están siendo aprovechados de manera inaudita por ciertos personajes cuyo afán de notoriedad es directamente proporcional a ego que no les cabe en el cuerpo. Utilizando un lenguaje más propio de la barra de un bar, vienen enardeciendo a las masas que les son fieles, con objetivos que a mí particularmente me hacen encender las alarmas y levantar sospechas. Sujetos que experimentan una insana satisfacción cada vez que su nombre, su palabra o su rostro ocupa un lugar de privilegio entre la opinión pública haciendo gala de un protagonismo que, en mi opinión sobra. El sábado pasado, el Cabildo Catedral emitió un comunicado, tan contundente como el de la Agrupación de Cofradías, que puso en su sitio el infame informe perpetrado por un grupo de políticos de izquierdas disfrazados de expertos. Un comunicado emanado del seno de la Iglesia cuya difusión me pareció perfecta, más allá de que no fuese remitido a todos los medios de comunicación de la ciudad, pero ese es otro asunto. Particularmente pienso que lo demás sobra.

Ver a sacerdotes, por mucho cargo que tengan, multiplicando su presencia hasta el hartazgo en televisiones, diarios, radios y redes sociales me cansa y se me antoja absolutamente inadecuado, fuera de lugar. La Iglesia goza de medios más acordes a lo que se presente – empezando por el propio comunicado que les mencionaba – sin necesidad de que nadie con complejo de William Wallace, dedique sus quehaceres cotidianos a levantar la espada y propagar discursos contra determinados políticos para que los guerreros de a pie se enciendan. En mi opinión, a otros les ha de corresponder desempeñar esta labor, no a personas que forman parte de la jerarquía eclesiástica. Si nos parece indignante, chocante e inapropiado que la monja jartible ensucie su hábito, día sí, día también, con soflamas independentistas, exactamente igual de mal debería parecernos que otros religiosos difundan determinados discursos, por mucho que sean como defensa a ciertos ataques. Creo que las respuestas deben producirse de otros modo: con comunicados contundentes cuando toque, y por supuesto, con la ley bajo el brazo. ¿O solamente vamos a indignarnos cuando el discurso no nos gusta y callamos cuando coincide con lo que opinamos? Llámenme loco pero siempre entendí mi religión de otro modo. El catolicismo que me enseñaron mis padres es una religión de paz, no una que ayuda a potenciar el enfrentamiento. Una cosa es que los cristianos de base levantemos la voz, en la calle o en los medios y otra muy distinta, que debe ciertos púlpitos se avive la batalla. Somos muchos los que ni queremos ser parte de ninguna cruzada ni necesitamos a ningún Braveheart son sotana que nos guíe. La iglesia debe defender sus derechos siempre. Pero jamás siendo un agente activo del enfrentamiento que otros pretenden. No les demos argumentos.

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