Burladero | Beso peligroso

Estimado, amable y fiel lector. Qué frío hace estos días en nuestra venerada Sevilla, y con qué alegría se soporta sabiendo que nos espera la Rosa de Oro en San Gil.

A las siete de la mañana de ayer, jueves dieciocho de diciembre de dos mil veinticinco, se abrían las puertas de la centenaria parroquia para tomarle el pulso a la ciudad, que se paralizaba en torno su devoción universal, la Esperanza Macarena.

El cuidado atavío de la imagen, con estreno por todo lo alto del nuevo vestidor José Carlos Gutiérrez, y el espléndido altar efímero han sido motivos de elogios y loas dentro y fuera de la capital del Guadalquivir.

Aunque, claro está, no todo van a ser florituras y agasajos azucarados, que de esto va bien sobrada Macarena Televisión en esta nueva etapa.

El besamanos de la Esperanza está generando un debate que, aún estando ya amortizado, sigue teniendo actualidad. Hablamos de la idoneidad de permitir que los hermanos y devotos besen la mano de la imagen. O dicho de otro modo, si es hora de despedir para siempre los besamanos y sustituirlo por las mal llamada veneraciones (las imágenes están en veneración todo el año) o acercamiento a los fieles.

Éste no es ni mucho menos un problema específico de La Macarena, pero el ejemplo es muy ilustrativo. La Virgen volvió de una restauración de casi cuatro meses, y con solo un día de exposición, uno de los dedos de la mano derecha ya presenta un desgaste importante.

Esta práctica provoca una alteración real de la policromía de la talla, siendo posible evitarlo por una inclinación de cabeza o el propio beso en la distancia.

¿Supone un sacrificio para el cofrade?, sí. ¿Es conveniente y beneficioso para la imagen? También. Por todo ello, Legatus invita delicadamente a dejar tranquilas las imágenes cristíferas y marianas, y luchar por preservar el valor artístico de la talla en todo su esplendor.