Estimado, amable y fiel lector, cuánta alegría me da saludarle, aunque sea un poco después de lo esperado.
Hoy comienzo estas líneas con las palabras del médico y filósofo José Ingenieros, quién decía que “La mayoría reza con los mismos labios que usa para mentir”.
Qué bien nos viene esta frase lapidaria para definir el fenómeno paranormal, o subnormal, de nuestras cofradías que regresa a casa (como El Almendro en Navidad) al empezar cada Cuaresma.
Y es que las campanas de la iglesias que anuncian la imposición de la ceniza en ese miércoles marcado de morado en el calendario, tañen también por la llegada de lo mejor de cada casa a las respectivas Hermandades del lugar.
¡Cuántos abrazos, besos y sonrisas cómplices! Los cultos de la hermandad son siempre un escenario perfecto para una obra de teatro en la que todos los actores despliegan sus espectaculares dotes para el arte dramático.
Ejemplo de esto es ese momento completamente delicioso de la llegaba a la iglesia de ese hermano o hermana que te produce una ligera caída de ojos en señal de resignación y desagrado, pero al que saludas como si fuera una aparición de Santiago Apóstol en persona.
Por no hablar de los lectores. Ay, los lectores. Son esas grandes personas que suben al atril totalmente embadurnados de pompa y boato, para proceder a hacer una exhibición prodigiosa. Pero cuando llega el momento cumbre… Lectura de la Segunda Carta a los Gálatas… entonces y solo entonces descubres que toda esa pompa era de jabón.
Pero si hay un espacio absolutamente idóneo para la sobreactuación, ése es el de la comida de Hermandad. Cómo nos gusta almorzar con nuestros queridos hermanos a los que le volvemos la cara el resto del año. Ese día, sin embargo, somos capaces incluso de comernos el salmorejo y el entrecot con salsa de trufa a menos de cinco metros de las susodichas criaturas.
¡Qué felicidad! ¡Qué fraternidad! ¡Cuánto hermanamiento! Lo estoy imaginando y me viene a la cabeza el estribillo de aquella pegadiza canción vintage: ¡Love is in the air na na na!
Y el éxtasis de todo ese amor cuaresmal es, cómo no, el discurso del hermano mayor. Hay hermanos complementamente anónimos, que todos conocemos, quienes incluso cronometran la verborrea soporífera del tío se la vara dorada.
Hermanos, este año es especial… hermanos, quiero dar las gracias… hermanos, la diputación de Caridad… hermanos, acabamos de reconocer a fulanito por sus 75 años de fidelidad a nuestra amada corporación… Y así hasta el anhelado final.
No es extraño que el postre se derrita. Aunque no me nieguen que sería un brillante final de fiesta una guerra de tartas, así sin avisar y con total acritud, para deshojar por fin la margarita con su archienemigo de la Hermandad después de tanto postureo.
Y después de este relato, estimado lector, no aseguro que el virus del hipócrita cofrade se evapore, pero si que le habrá sacado una sonrisa que le ayudará a sobrellevarlo mejor hasta nuestro nuevo encuentra el próximo viernes.





