Burladero | Elegancia

Estimado, amable y fiel lector. Decía Giorgio Armani que la elegancia no consiste en destacar, sino en ser recordado. Qué bien viene esa cita en un contexto marcado precisamente por el postureo y el ego personal dentro y fuera de las cofradías.

La tiranía del poder hace ya mucho que inyectó su veneno en las cofradías sevillanas en áreas que nadie imaginaría que pudieran estar a expensas de personas sin conocimiento o criterio, como es el caso de la vestimenta del Señor o la Virgen.

Sin embargo, nada puede detener el ingenio, la chispa de talento que surge y transforma la rutina en una novedad apasionante. Y eso mismo ocurre en el arte de vestir a la Madre de Dios en Sevilla, que tuvo su cúspide en la segunda mitad del siglo XX con los Garduños, Fernand o Paco Morillo y ahora, en los maravillosos años 20 del nuevo milenio, vuelve a disfrutar de una etapa dulce y próspera con nombre y apellido: Leandro Ruiz, José Antonio Grande de León, Antonio Bejarano o Joaquín Gómez, entre otros.

Ellos, junto a nuevas promesas como Luis Pinelo, Antonio Sanabria, David Toro o Miguel Carrasco están dejando imágenes absolutamente irrepetibles en las imágenes marianas de la ciudad, que en los últimos años se presenta de manera impecable.

Un buen ejemplo es la naturalidad y expresión que ha adquirido la Virgen de los Dolores de la Hermandad de Santa Cruz, o la elegancia medida de Nuestra Señora de Loreto de San Isidoro, sin olvidar la admiración continua en el atavío de la Soledad de San Buenaventura, la Encarnación de San Benito, la Virgen de Montserrat o la Estrella.

Muy destacado fue en sus comienzos y hasta la actualidad el esfuerzo, delicadeza y arrojo de Francisco Javier Hernández en la Esperanza de Triana, devolviendo a la reina de la Calle Pureza su famoso “refregaor” en sus múltiples versiones, unido a icónicas piezas de joyería como los robanovios.

Con esta evolución extraordinaria hemos llegado a puntos de excelencia como los de la Virgen de los Dolores de la Hermandad de los Servitas, vestida recientemente con un gusto maravilloso para sus cultos; y muy especialmente con la Virgen del Mayor Dolor de la cofradía de las Aguas. Aquí me quiero detener, amado lector.

El pasado fin de semana se realizaba el besamanos a la dolorosa junto al Cristo de las Aguas, culto en el que se estrenaba el nuevo vestidor de la corporación, Antonio Sanabria. Las expectativas eran altas teniendo en cuenta la belleza de la vestimenta de la Nuestra Señora de Guadalupe en los actos en su honor en diciembre.

Y la sorpresa fue mayúscula cuando la Virgen del Mayor Dolor aparecía radiante en el presbiterio del templo. La bendita talla portaba terno de manto y saya negro bordados en oro, que destacaba al lucir el forro trasero del manto en blanco, resaltando la cintura y la forma del traje.

Asimismo, y quizás es lo que más ha chocado en su bellísimo atavío, la dolorosa del Arenal llevaba un tocado de gasa blanco en el rostrillo, conjugado con un encaje dorado en el pecho. Todo ello, por si fuera poco, adornado con diversas joyas, así como un puñal de dolor y gargantilla en el cuello.

Y el conjunto al unísono es perfecto, sin desmerecer nada ni dar la sensación de recargamiento. Es sin duda la senda a seguir, el modelo para recuperar poco a poco el enjoyamiento de las vírgenes como símbolo de su realeza sobre cielos y tierra, y reflejo de los buenos tiempos en un arte que, como el vino, gana con el tiempo.