Estimado, amable y fiel lector. ¿Ha pensado alguna vez en viajar en el tiempo? Sería extraordinario. ¿A quién no le gustaría revivir aquel abrazo con un ser querido? ¿O disfrutar otra vez de un momento en el que fuimos inmensamente felices?
Hoy le propongo un viaje en el tiempo dos semanas atrás, cuando el alma palpitaba entre cirios que lloraban lágrimas de cera, nubes de incienso dibujando estampas en el cielo y redobles de tambor tras un manto bordado en plata. Esta noche les propongo un Martes Santo en Sevilla.
Nos retrotraemos a la calle San Fernando. El reloj estaba a punto de marcar las once mientras caminaba por la conocida vía. No había demasiado público, para mi sorpresa. Esperaba ver sombras de capirotes reflejadas en la antigua Fábrica de Tabacos, actual Rectorado universitario, pero allí solo reinaba un leve bullicio de recogida.
A la altura de la fachada trasera del Alcázar vi alejarse, perdido entre los árboles del parque, un paso de palio. No es difícil de identificar. Los nazarenos blancos que lo anteceden delatan la imagen que se acerca. Y el entorno, absolutamente inmejorable, lo confirma.
María Santísima de la Candelaria cruzaba los Jardines de Murillo. La estampa de décadas atrás vuelve a reproducirse en una nueva Semana Santa. La Virgen ganaba metros con paso lento pero firme, dejándose querer por su barrio y congelando unos instantes únicos.
La temperatura era perfecta, y el lugar escogido, entre el universo vegetal que engalanaba el espacio, competía en belleza con la Catedral o la Plaza del Salvador.
Recuerdo perfectamente la música. Sonaba Macarena del maestro Abel Moreno, con los inconfundibles de la Banda de la Cruz Roja y el tempo rápido y enérgico que tanto favorece a esta alegre composición.
Luego interpretaron Siempre la Esperanza, y más adelante Rosario de Montesión entre los aplausos de los numerosos cofrades congregados, quienes a pesar de congregarse ante la Señora de San Nicolás permitían una visión completa de las andas.
Y entre la estela de los cirios del cortejo y la propia fuente de luz que alumbraba el bello rostro de la Candelaria, el palio se perdía en aquel paraíso verde declarado Bien de Interés Cultural.
Días más tarde, digiriendo aún lo que contemplaron mis ojos, alzo la voz para rogar que ese desfile delicioso de la Virgen por los Jardines de Murillo sea proclamado Patrimonio Inmaterial de la Semana Santa, porque se trata, sin miedo a error o exageración, de uno de los momentos más emocionantes e icónicos de la Pasión según Sevilla.
Foto: Ayuntamiento de Sevilla





