Estimado, amable y fiel lector. Decía San Ignacio de Loyola: “Qué pequeña me parece la Tierra cuando miro al cielo”.
Cuánta razón tiene San Ignacio. Muchas veces, el primero yo, nos preocupamos en exceso por temas banales y sin importancia en absoluto, y al mismo tiempo abandonamos u olvidamos lo trascendental y eterno.
Llega el mes de noviembre, y con él el tiempo del recuerdo y el reseteo interior de la mano de lo efímero, de esas caras que nos sonríen en la memoria y han quedado tatuadas en el alma desde el día que decidieron convertirse en eternidad.
Dicho de otro modo, el “Tempus Fugit” o el “Mors Mortem Superavit” que proclamamos cada Sábado Santo cuando nos saluda la Canina desde su palacio gótico, para crujir el corazón con el mensaje más grandioso e impactante que ha recibido la humanidad, el de la Resurrección.
El mes de los fieles difuntos no es solamente una fecha en el calendario, sino la oportunidad de recordar lo que somos y lo que queremos ser mañana, de la consciencia del yo como pieza del puzzle de Dios y el objetivo improrrogable de vivir el segundo, el instante y hasta la milésima de segundo. Porque cada movimiento de la aguja del reloj es un momento de nuestro paso por este mundo que no va a volver.
“La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene”, reflexionaba el poeta Jorge Luis Borges con extrema certeza. Porque lo único real y tangible para nosotros, amado lector, es este espacio temporal llamado ahora que afortunadamente estamos compartiendo juntos. Nada que queda del ayer, que se perdió en la nube del olvido, y nada queda del mañana, que ni siquiera podemos intuir si llegará.
Precisamente por este presente que vivimos y por el único futuro fiable que nos queda, el del cielo, tenemos que sentir este mes como una oportunidad nueva para dejar atrás la morralla que acumulamos en nuestros deseos y en nuestras emociones diarias, haciendo un daño innecesario que tan solo sirve para torturarnos; y profundizar en nuestra alma cristiana, en ese ser omnipotente que no siempre se siente cerca pero está, vaya si está, en cada paso que damos. Al fin y al cabo la fe en un Dios que jamás hemos visto y ni siquiera sabemos si existe, es el único hálito de esperanza al que aferrarse.
Pero sobre todo este noviembre y cada uno de los familiares, amigos, conocidos o incluso personas sin parentesco que pueblan el camposanto, nos enseñan a tener fe en nosotros, en nuestras ideas, progresos, valores y sueños, porque eso es lo que vamos a llevar a la tumba. Todo lo demás no importa, pues algún día se difuminará, como todo lo que hemos atesorado durante el tránsito terrenal.
O lo que es lo mismo, fiel lector y amigo, vamos a vivir al máximo, coño. Que todo pasa, hasta nosotros. Ésa será la mejor manera de dar gracias al Señor por esta vida extraordinaria que nos ha dado, y también de honrar a los que nos faltan y solo vivirán en la retina. ¡Vive y sé feliz!





