Caminito de Linares

Mayo es el mes de María. Para las hermandades de Gloria es además el mes en que se desarrollan sus romerías y cultos. Todo comienza con el triunfo sobre la cruz, llena ya de flores y colores por la resurrección. Ahora solo queda clamar, entre ferias, verbenas y demás celebraciones, la victoria de la vida, recordando aquel lema que la Canina luce: la Muerte superó a la muerte.

Entre todas estas festividades, destaca la romería de la Virgen de Linares, que el próximo domingo 8 de mayo saldrá de la capital cordobesa hasta alcanzar el santuario, a unos ocho kilómetros de distancia a pie. Una celebración muy particular y castiza que tiene su origen en 1236, cuando Fernando III de Castilla, apodado el Santo, reconquistó la ciudad omeya. Dicen las fuentes históricas que el Rey Santo llevaba consigo una imagen de la Virgen, llamada de Linares, la cual dejó en este lugar en que hoy se alza su iglesia. Tanta importancia tiene esta localización que, allá por 1867, el propio Pío IX la agregó a la basílica de Santa María la Mayor de Roma, de modo que desde entonces el santuario cordobés goza de los privilegios y gracias espirituales que aquel importantísimo templo patriarcal posee.

Dos años después, la caravana de fieles volverá a disponer sus pasos hacia el Puerto de la Salve, regando el camino con aquellas coplas que el ilustre Ramón Medina compusiera para la ocasión. Hará gala, pues, de la profunda devoción que nuestra tierra andaluza siente en sus venas, del mismo modo que otras hermandades ya lo hicieran antes en distintos puntos de nuestra geografía. Más aún, mantendrá viva la llama de nuestras costumbres, olvidadas por algunos y que precisan ser refrescadas. Andalucía es tierra de muchos pueblos y culturas, pero no cabe duda de que en ella late un espíritu cristiano antiquísimo y no extinto. A fin de cuentas, entre sus paredes naturales han nacido, vivido y fallecido algunos de los más importantes personajes del cristianismo desde época romana.

Con este pensamiento muy presente, es decir, el de honrar nuestra esencia y espiritualidad, alzaremos la mirada hasta encontrarnos con la cumbre de la torre, cuya sombra acaricia el techo del santuario de Nuestra Señora de Linares. En ese momento una parte de nosotros volverá a renacer y nos llenará de energía para continuar la lucha cotidiana. Porque, sea como fuere, este es el objetivo de toda romería, procesión o peregrinación: encontrarnos con nosotros mismos y con lo que realmente importa, es decir, la alegría de vivir sabiéndonos eternos por el amor de nuestro Dios.