Cayetano Rivera y el Rey de la calle Pureza

Cinco acepciones tiene la palabra devoción según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua. Amor, veneración y fervor religioso, práctica piadosa no obligatoria, prontitud con que se está dispuesto a dar culto a Dios y hacer su santa voluntad… son algunas de las opciones que otorga el idioma español para referirse a esa interrelación íntima, imposible de explicar, que un ser humano entabla con aquella imagen que ocupa su altar de cabecera, aquella representación del mismísimo Dios o su Divina Madre con la que el católico, el cofrade, mantiene una relación intrínseca e insustituible que marca definitivamente buena parte de las acciones que desarrolla a lo largo de su existencia.

Cuando confluyen en la ecuación otros elementos que impregnan de una emoción singular el sentimiento que emana del arte puro y esencial que trasciende de la tauromaquia, la emoción se multiplica hasta límites extremadamente complejos de medir. Porque resulta prácticamente imposible evaluar qué siente un torero que se encomienda a una imagen devocional ante el momento trascendental de jugarse la vida ante cualquiera de las tardes en las que se asoma al abismo.

Solo el maestro es auténtico conocedor de esa relación personal e intransferible que mantiene con aquello que despierta sus creencias más profundas. Como solo Cayetano Rivera podrá transmitir qué siente cuando minutos antes de jugarse la vida enfunda su cuerpo en el nuevo capote de paseo que estrenó el pasado 2 de mayo. Un capote dotado de un especial simbolismo ya que porta la imagen del Santísimo Cristo de las Tres Caídas. Una pieza elaborada a mano por el sastre sevillano Enrique Vera, en color nazareno y oro, cargado de un significado infinito, que solamente Rivera es capaz de valorar y que el resto de los mortales únicamente estamos llamados a imaginar.