Las vidas de las hermandades están llenas de momentos tan especiales como históricos, cargados de una emotividad que no es otra cosa que una viva prueba del fervor que suscitan los titulares de nuestra hermosa ciudad de Córdoba. Una ciudad que, en muchos casos, se ha volcado en arropar con su cariño y devoción a esas veneradas imágenes a lo largo de siglos.
La palpable emoción que nacía del corazón del Convento de San José hace ahora cinco años era solo el comienzo de los continuados acontecimientos que se irían sucediendo a lo largo de los días. La queridísima Virgen del Carmen se ponía rumbo a la Parroquia de Santa Marina en rosario vespertino, descendiendo por la emblemática Cuesta de San Cayetano en la inestimable compañía de sus devotos que, como hemos podido comprobar, nunca son pocos.
Una vez en el incomparable templo de Santa Marina, la Emperatriz Cordobesa, como la bautizaron sus fieles, se alzaba, majestuosa como siempre, en el Altar Mayor, posando su mirada sobre la ingente multitud de personas que no quisieron dejar de estar junto a Ella en los días previos a su Coronación Canónica, dispuesta a ser la protagonista indiscutible en la materialización de un deseo colectivo al que precedía el Triduo preparatorio.
En Santa Marina la espera se hacía más llevadera al contemplar a la Virgen del Carmen superponiéndose a aquel gran dosel, luciendo una bella y valiosa diadema y el tradicional hábito carmelita con la que estamos acostumbrados a verla en su salida procesional en la calurosa fecha del 16 de julio. Y así, con el calendario descontando los días, las puertas de la iglesia se abrían y cerraban constantemente para descubrir ante devotos y curiosos la sublime estampa que durante el recordado Triduo presidía la Santísima Virgen.
Llegaba al fin aquel anhelado 12 de mayo y las calles de la Judería rezumaban una expectación que había ido creciendo dentro de las miles de personas que, aquella tarde de típico calor cordobés, se apresuraban a acceder al interior de la Santa Iglesia Catedral para ser testigos de un emocionante acto con el que quedaba sellada la veneración de la que había sido objeto Nuestra Señora del Carmen durante más de 400 años. El templo mayor de la diócesis congregaba en sí a un numerosísimo público conformado por representaciones de más de 85 cofradías. La imagen de la Virgen del Carmen se perdía en la distancia interpuesta por los propios asistentes así como por los hermosos arcos y las columnas de la Catedral.
Finalmente, a las siete de la tarde, se cumplían los deseos del pueblo cordobés cuando el obispo, Demetrio Fernández, imponía a la Santísima Virgen la bella corona de oro de ley y estilo rococó realizada para este momento para el recuerdo por el orfebre cordobés Manuel Varela Pérez, bajo diseño del estimado carmelita Juan Dobado Fernández y costeada gracias a las cuantiosas donaciones recibidas por parte de los fieles que tanto habían aguardado este suceso.
Concluido el acto de la Coronación Canónica, daba comienzo una multitudinaria procesión en la que también participaron los presentes durante la ceremonia y con la que, la Virgen del Carmen se mecía bajo su palio tal como lo hiciera el día de su festividad, emprendiendo el camino de regreso al templo que orgullosamente preside y donde era recibida con vivas para seguir siendo centro de la devoción de un barrio durante muchos años más.
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