Esta Semana Santa ha sido marcada antes de celebrarse. Hace poco nos dejó Juan Manuel Martín y ahora ha alzado el vuelo a la gloria nuestro hermano Pascual González. La voz del martillo y el juglar de la Semana Santa. Con el coraje de quien tiene fe en la vida eterna, sabiendo que ya gozan de ella y que han visto el rostro del Señor de los Gitanos y de Nuestra Señora de la Encarnación, resta solo dar gracias por su empeño, su afán y su magisterio cofradiero.
Los obituarios se suceden y el recuerdo se entreteje con alguna que otra lágrima de tristeza. Esta es la incongruencia del cristiano, quien, si bien espera la resurrección de la carne, no puede evitar añorar a los que se marchan. Pero tiene fe, esa fe que ensancha portalones y hace vibrar las calles con notas de silencio. Una fe que supera lo humano y transciende a la esperanza del siempre por la caridad del ahora.
Casualidades de la vida… En la canción Capataz, antes de que hable Pascual, podemos escuchar a Juanma llamar. Uno antecede al otro, como ahora. «Todos por igual, valientes, y vamos a recoger esto bien», dice el capataz. «¡Qué arte, capataz! —clamará el poeta—. Con tu amor y alegría, llevas al Señor de Andalucía». Dos genios de lo suyo que serán difícil de igualar, unidos por el arte tanto en la tierra como en el cielo. Ya han recogido su cofradía y esperan ahora sacarla allá en la eternidad…
Quien tuviera la suerte de conocer y aprender de aquellos dos titanes de lo cofrade ha recibido un tesoro en vida. Del mismo modo que tantos otros hermanos en Cristo han marcado con candentes hierros nuestros corazones, ellos han engrandecido con su devoción el alma de nuestra Semana Mayor. En el día a día nos quedará el edificio inmaterial de su legado, ya presente en el arte de guiar una cuadrilla costalera o en las letrillas de una copla aflamencada. En Semana Santa, serán las voces apagadas del Santuario al cruzar la Madrugá las que nos arrebatarán el aliento, mientras que la orfandad de San Benito al abandonar la Calzada estremecerá nuestros adentros.
Entonces los recordaremos una vez más, como a muchos otros que se fueron y nos dejaron en este valle de lágrimas. Y lloraremos, como tantas veces se llora cuando el pensamiento vuela. Pero estarán allí, siempre, sin demora, tanto en la memoria como en el espíritu, haciéndonos ver que su paso no ha sido en vano, que gracias a ellos somos mejores y que por ellos tenemos hoy algo que antes no teníamos. Y esto nos llevará a considerar lo importantes que son nuestros hermanos, la falta que nos hacen y el deber que tenemos con ellos de cuidarlos, quererlos y disfrutarlos. «Nadie es imprescindible», me decía equivocadamente un cofrade hace años. No entendió que todos somos necesarios, sin exclusión posible. A las pruebas me remito.





