Cuando la devoción de una cofradía se ve transformada y arrancada por el mero capricho de unos hermanos y no de los fieles (todos los hermanos son devotos, pero no todos los devotos son hermanos), la recompensa de tal acción es ni más ni menos que un daño irreparable al arte, y por encima de todo, devociones de 10, 20 o 50 años que se ven cambiadas al antojo de unos gustos estéticos que le priva a la imagen de cualquier originalidad, antigüedad…
Porque, aunque la imagen anterior no requiera los niveles artísticos que hoy en día pretenden cubrirse, debería preservarse, en caso de querer tener otra imagen, la escultura primitiva y no la destrucción irrecuperable. Se daña el fervor de todos aquellos que nunca pretendían verse involucrados en otro escándalo de cambios estéticos en aquella imagen que veneran, que solo conservarán en el recuerdo y en añejas estampas, definitivamente irrepetibles. En mi mente intento entender como se puede venerar una imagen y no cambiarla, sino «metamorfosearla», transformarla, retallarla… Y pensar que uno ha hecho más que bien que mal cuando puede haber atraído 10 corazones nuevos a cambio de 100 corazones viejos.
Y peor aún son todas estas intervenciones que se venden como restauraciones, que rompe con el esfuerzo y tiempo de todos aquellos nobles restauradores que se pusieron al servicio del arte y no de uno mismo, que no caen en hacerse huecos en la historia y que no pretenden nunca romper años de devoción. Porque, ni imagineros ni restauradores son culpables, sino aquellos que se llenan de falsa devoción para poder transformar aquello que nunca quisieron, pero que otros, con el corazón roto, sí.





