Si uno echa un vistazo al catálogo, de por sí extenso, de las coronaciones canónicas que ha habido desde la primera hasta la última se dará cuenta de que las Glorias ocupan un lugar que no hace justicia a grandes imágenes titulares de corporaciones letíficas. Entre los requisitos se encuentra el de tener una importante devoción pero volviendo a recordar algunas de las coronaciones, este punto parece no cumplirse. Más que evidente resulta el capítulo referido a los favores concedidos por la imagen y la irradiación de su culto.
Entre las imágenes de las hermandades penitenciales y las glorias se encuentran disimilitudes que las alejan en demasía dependiendo de las cuestiones a las que nos ciñamos. El empuje de la Semana Santa es bastante superior al universo de las glorias, aunque en un pasado no siempre fue así, potenciando las administraciones la fiesta más universal, hecho que no sucede con las corporaciones letíficas. Pero a la hora de hablar de las imágenes letíficas parece no tenerse en cuenta la devoción que antaño atesoraron y que hoy en día siguen manteniendo a pesar de las modas.
Porque del mismo modo que sorprenden algunas dolorosas coronadas también es curioso que imágenes como Nuestra Señora del Amparo o Reina de Todos lo Santos no posean todavía este rango en una ciudad mariana donde hay ejemplos —como las citadas— que se merecen este reconocimiento por la devoción que atesoran.
La lista desde que se coronara la patrona de Sevilla y su archidiócesis es tan extensa que en los últimos tiempos ha tomado un ritmo donde no se ha celebrado la coronación de una imagen que ya se conoce cuál será la próxima dolorosa en obtener esta distinción. Pero sin embargo, llevamos años sin que una imagen perteneciente a las glorias —que no una imagen gloriosa— recorra las calles de la ciudad tras haber sido coronada. Y sería de justicia que devociones históricas que llevan siglos recibiendo el fervor de los devotos tuvieran el reconocimiento que se merecen.





