Nadie duda de que los nazarenos vienen a ser un componente esencial en las hermandades. A pesar de ello, hay infinidad de momentos a lo largo del recorrido donde uno puede ver que el cuerpo de nazarenos sufre más de lo que debiera. Las imágenes de tres o de cuatro se repiten con mayor frecuencia en ocasiones debido al alto número de individuos que conforman el cortejo y en otras porque entre coreografías imposibles y la marcha de turno en la que se luce el paso acaban provocando una pérdida de minutos que para recuperarlos parece que el único modo posible es colocar los nazarenos en grupos.
Tienen bastante que decir en temas como el Martes Santo o la reorganización del resto de jornadas. También en los cambios que se produzcan en la nómina o en los cambios de horario de entradas y salidas. Pero ¿alguien los ha escuchado? Permanecen en un ejercicio plagado de silencio cuando son un componente de tales dimensiones sin los que sería posible la Semana Santa. Porque los cortejos representan no solamente la fe sino la obediencia, de la que tanto hacen gala durante su estación al templo metropolitano.
A pesar de ello, de su labor callada, de permanecer durante minutos en un mismo enclave, de todas las horas de recorrido, parece que nos hemos acostumbrado a considerarlos como un ente cuya paciencia creemos ser tan infinita que no les damos el espacio, por otro lado, más que merecido, que han de tener. Y es que sobrevuela una atmósfera de quietud cuasi pétrea sobre aquellos que no se pronuncian. El ruido, la música y los gritos los han relegado a un segundo plano que hasta parece convertir la parcela que ocupan en una zona emparedada donde su pensamiento se insonoriza.
Y volvemos a errar, no solo las hermandades. También nosotros. El público ha tomado la costumbre de atravesarlos sin respetar su espacio. Con mayor frecuencia se repiten los empujones, los desaires, presentes lamentablemente en las formaciones musicales. Y ellos continúan mirando al frente, algunos con rosarios, aguantando chaparrones humanos, que son incluso peor que los que caen del cielo. Se enfrentan a su primera estación de penitencia con ilusión o con la experiencia de los años, pero todos reciben por igual un trato más que cuestionable por parte de un público que cada vez parece comportarse como si se encontrase en un concierto. Una espectacularización que no casa con los principios de una celebración centenaria. Un compendio de actitudes que han contribuido a la globalización de las malas formas. Ellos continúan dando buen ejemplo.





