Casi sin darnos cuenta, nos hemos plantado a mitad de julio. Y a los que llevamos este veneno cofrade en las venas, el cuerpo nos empieza a pedir algo diferente. El asfalto recalentado de estos días parece buscar la arena y, por un momento, el olor a incienso se mezcla de una forma casi mágica con el olor a sal. Hoy es diecisiete de julio, y ayer, festividad de la Virgen del Carmen, volvimos a comprobar que la devoción no entiende de mapas ni de estaciones. No hace falta mirar el calendario; lo notas en el repicar de las iglesias de barrio, en el jaleo de los puertos y en esa sensación tan bonita de que, por unas horas, todos miramos hacia el mismo sitio: a la Reina del Carmelo, nuestra «Stella Maris».
Hay algo en la Virgen del Carmen que te toca el corazón de una manera muy distinta a la Semana Santa. En primavera todo es más encorsetado, más de reglas, terciopelo negro y miradas serias. El verano, en cambio, nos regala una fe sin filtros, directa y limpia. Es la fe de la gente de la mar, de la gente trabajadora con las manos agrietadas por el frío del amanecer y la cara curtida por el viento. Una devoción que no sabe de protocolos exigentes ni de estrenos de orfebrería de miles de euros, sino de promesas mudas y de un escapulario de hilo gastado colgado al cuello, como el que se agarra a lo único seguro cuando el temporal se pone feo.
Y es que quien haya visto alguna vez a la Virgen del Carmen subirse a un barco o sobre un paso, sabe que ahí pasa algo especial. No es solo una procesión; es ver cómo el barrio se echa al agua con Ella. En ese instante te das cuenta de la figura maternal que supone la Virgen para el fiel que puso su fe en una devoción única que nació en tierras lejanas, pero que alcanzó su colofón en tierras españolas.
Pero lo más bonito es que el Carmen no solo reina donde rompen las olas. Aquí, en el interior, donde el mar nos coge lejos, su devoción es igual de fuerte. Se mete en los conventos de clausura, en las iglesias de nuestros barrios y en el azulejo de toda la vida que preside el patio de la abuela. Porque, al final, todos estamos metidos en el mismo barco y navegamos por una vida que a veces se embravece. Todos buscamos ese faro, esa mirada tranquila que nos diga que, por muy fuerte que sople la tormenta o por muy hondo que sea el bache de una enfermedad o de un mal momento, nunca vamos a naufragar del todo si Ella está al timón.
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