Uno de los tres jueves que relucen más que el sol. El Señor vuelve a presentarse como su Divina Majestad en algunas capitales de nuestra región. Otras renunciamos al hecho de celebrar su día grande en la efeméride que corrobora el fin último del catolicismo. Ciudades como Sevilla, Granada o Huelva viven la Fiesta del Señor como uno de los grandes acontecimientos del año y del curso cofrade. Quizás el más importante. Conciertos, ferias, triduos sacramentales y liturgias populares que se reviven cada año en las grandes urbes y pequeños pueblos acrecientan el interés de la población en una festividad eminentemente religiosa creando un aura de celebración lo suficientemente digna como para honorificar a Jesucristo en su presencia Divina.
Sin embargo, esto no es así en muchos sitios. Y es que la desacralización de la festividad más importante para los Cristianos del calendario festivo de muchas ciudades ha terminado por defenestrar esta efeméride a la mínima expresión que representa el deshonor de ser una procesión más, olvidando así la lucidez de tiempos pretéritos y el ramo de tradiciones que han revoloteado alrededor del Santísimo Sacramento. Quedaron en cenizas cuando decidimos darle más importancia a pasear imágenes sagradas antes que rendirle honores a Jesús en su Divina Presencia. La condensación de esta fiesta a un simple desfile procesional en puntos muy marcados de la geografía andaluza supone la consolidación del fracaso, no solo del mundo cofrade sino de la institución eclesiástica también, que no ha sabido defender la esencia de la festividad en honor al Santísimo.
No solo nos hemos estrellado, sino que incluso el cambio de jornada en el que se celebra la insigne procesión no ha respondido a las expectativas de muchas personas que buscaban el efecto de una jornada enclavada en el descanso dominical como oportunidad para atraer multitud de fieles y curiosos. No solo fracasamos en el cometido, sino que también en la consolidación de una fiesta que pierde adeptos y gana detractores, algo que refleja la creciente reducción de altares y, como he sentenciado anteriormente, la simplificación de una festividad a la mínima expresión de una procesión más.
Aún así y conociendo las debilidades que azotan a la festividad, los que se tienen que encargar de mejorarla, protegerla y dinamizarla miran impasibles como una tradición de siglos ha mermado en el tiempo hasta casi desaparecer de la agenda cofrade. Y es que la motivación es mínima cuando se trata de sacar la custodia a la calle. Seamos serios, nos llama más un paso con romanos y olivos. Son síntomas de los que adolece la sociedad cofrade de hoy en día buscando más la estética y la coreografía que la esencia.
Este túnel parece no tener fin. ¿Quién sabe qué nos deparará el oscuro camino?
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