El sol de julio y agosto, ese que nos invita a la siesta y al fresquito, esconde en realidad el ajetreo más intenso y silencioso de nuestras hermandades andaluzas. Este «verano cofrade» es como una cocina a fuego lento donde se cuecen los sueños, los proyectos y las ilusiones que veremos florecer en la próxima Semana Santa o en las glorias que están por venir. Es en estos meses estivales cuando las juntas de gobierno, esos hermanos que dan la cara por todos, junto a sus mayordomos y capataces, no solo echan cuentas de lo que pasó, sino que ponen los cimientos de lo que será: el futuro de nuestro patrimonio, nuestra labor social y, en definitiva, la vida misma de la hermandad. Las decisiones que se toman ahora, con la calma del estío, resuenan luego en las calles y nos tocan el alma durante años.
Es el momento de hacer balance, sí, pero sobre todo de darle una vuelta a las cosas y mirar hacia adelante. Los comunicados de nuestras bandas, esos que tanto nos gustan y a veces nos sorprenden, van saliendo uno tras otro. Unos confirman que el amor sigue, consolidando lazos que ya son familia; otros, anuncian despedidas que abren las puertas a nuevas melodías. Estos cambios, que vivimos con tanta pasión, son la prueba de que se busca lo mejor para acompañar a nuestras imágenes, porque la música, para nosotros, es tan parte de la fe como el mismo incienso. Hace poco, la Banda de la Paz de Málaga nos dejó con un nudo en la garganta al cerrar 26 años de un Miércoles Santo ininterrumpido con la Archicofradía de la Sangre. ¿Quién no se emociona con estas historias? La Agrupación Musical Virgen de Gracia de Archidona, por su parte, se ha quedado un poco descolocada al no renovar con la Nueva Esperanza, y ahora su Martes Santo de 2026 está libre para quien lo sepa querer. Pero también hay bodas de oro y alegrías: la Banda de Música «Pedro Morales» de Lopera continúa consolidándose en la ciudad de Jaén.
Hitos como el estreno de la A.M. Lágrimas de San Fernando tras Nuestro Padre Jesús de la Soledad o la deflagración de la infravalorada Coronación de Espinas en Córdoba y el sinsentido que está sufriendo la Banda de la Redención de Sevilla con el avance de las campañas que ya intentaron defenestrar a Pasión de Linares, dejan ese alfa y omega de un mundo en continua expansión.
Y no nos olvidemos que, más allá de la belleza y la música, el verano es clave para montar los grandes eventos, esos que nos hacen vibrar y que requieren de una paciencia infinita. Hablamos de las procesiones extraordinarias, los jubileos o las magnas. Aquí es donde se gesta todo: se lanzan las ideas al aire, se miran los números y se pelean los permisos.
El Vía Crucis Magno de Córdoba en 2025, es un claro ejemplo de cómo se planifica hasta el último detalle. Ver cómo van a participar tantas imágenes, desde el Cristo de las Aguas de Palma del Río hasta el Señor Resucitado de Córdoba, y cómo se ha pensado cada minuto de su paso por la Carrera Oficial, es el resultado de un trabajo invisible que se cocina lejos de los focos y los aplausos.
Pero, como en toda familia, no todo es alegría y color. El verano también nos muestra las dificultades y los pequeños chascos. Las diferencias de opinión, los cambios inesperados y esa «doble vara de medir» entre diócesis, como lo que pasó con la suspensión de salidas a costal de San Juan Evangelista en Linares y Jaén durante el Corpus, o los problemas en la organización de la Magna de Jaén, nos recuerdan que queda mucho por hacer en cuanto a ponernos de acuerdo y ser más transparentes. El debate imperecedero de la música procesional dentro de las iglesias en las diócesis menos agraciadas volverá a azotarnos el próximo curso cofrade con el regreso de los conciertos y certámenes.
Así que, el verano, lejos de ser una pausa, es un tiempo de efervescencia vital para nuestras cofradías andaluzas. Se convierte en el corazón de la gestión, la renovación y la mirada al futuro.





