Cruz de guía | En las bandas también hay personas

El mundo cofrade es un orbe complejo con muchas aristas. Un organismo pluricelular que, como todo ente que conforma este alocado planeta, ha terminado por introducirse en el fenómeno globalizador con sus múltiples aristas.

Una de estas aristas la configuran el extenso patrimonio musical que integra a formaciones musicales y composiciones. El mundo de las bandas se ha convertido es un buen ejemplo de esa globalización que trae consigo la interconexión imparable y el auge de la información y comunicación instantánea que ha convertido este submundo en un reclamo para miles de cofrades con malas y buenas intenciones. Y es que este frenético mundo vuelve a ser un año más centro de los debates más intensos para personas que buscan volcar sus frustraciones en el enajenado mercado de las bandas.

Los movimientos entre hermandades y el continuo traspaso de bandas han conformado un ecosistema similar a la ventana del mercado de fichajes del fútbol que se abre en los meses estivales y en con el frío invernal de enero. Aunque más distendido en el tiempo, los cambios de bandas han proliferado en los últimos tiempos debido a la inestabilidad de los contratos que fluyen más cerca del papel mojado que de acuerdos duraderos. Esto ha traído consigo un océano de rumorología constante y el auge de campañas de desprestigio motivadas por intereses personales, olvidando por completo el carácter amateur de este mundo y acabando con el respeto y la integridad personal de multitud de componentes.

Porque no olvidemos que las bandas las forman personas. Una máxima que parece naufragar cuando en los mentideros cofrades y foros las formaciones musicales son tomadas como grandes compañías lucrativas sin escrúpulo de saber quien o quienes las componen. Un auténtico despropósito que altera la naturaleza cristiano del mundo que engloba al orbe musical que, duela a quien le duela, es siempre el de las cofradías.

En búsqueda siempre de la confrontación, un cierto sector del mundo cofrade, cada vez más al alza, busca imponer criterios y convertir lo que se presuponía que era un ecosistema sano en una lucha de egos con el objeto de influir en las decisiones de las juntas de gobierno y sin la más mínima consideración por las personas que componen las formaciones musicales.

Este constante vaivén y la polarización en las redes sociales han desdibujado la verdadera esencia de la música cofrade. Lo que debería ser un elemento de devoción, de acompañamiento espiritual y de enriquecimiento patrimonial, se convierte a menudo en un espectáculo mercantilizado. Los ensayos, el compromiso personal, el sacrificio de horas y la vocación de sus miembros, que son la columna vertebral de cada formación, quedan eclipsados por la última polémica o el rumor infundado.

El anonimato de los foros y la inmediatez de la comunicación han creado un caldo de cultivo para la crítica destructiva y la difamación. Se olvida que detrás de cada instrumento hay una persona con sentimientos, que dedica su tiempo y su talento de forma, en la mayoría de los casos, desinteresada. Esta situación ha terminado por distorsionar la percepción pública del mundo cofrade, proyectando una imagen de frivolidad y superficialidad que dista mucho de la profunda fe y el arraigo cultural que realmente representa.