Menos de dos semanas para alcanzar el éxtasis que proporciona la Semana Santa a esa sociedad cofrade que muchos creen minoritaria, pero que supone un sector de vital importancia para la vertebración de las ciudades y pueblos. Un sector muchas veces denostado e infravalorado por las fuerzas políticas y no tan políticas que carecen de una visión global para contemplar la inmensa labor que realizan las cofradías, no solo en la Semana de Pasión, sino también durante el resto del año.
Muchas veces no nos damos cuenta del beneficio que inflige la Semana Santa, a niveles económicos, claro está, en nuestras ciudades. La marca turística en la que se ha convertido la Semana Santa, más allá del ámbito religioso, actúa como elemento tractor de masas con un único propósito: consumir piedad popular por un tubo a la vez que rellenar sus sentidos muchas veces con desenfrenados espectáculos en la calle.
Pero, ¿realmente estamos protegiendo a las hermandades?. Quizá en la actualidad, el efecto inmediato que provocan las redes sociales es capaz de eclipsar los verdaderos problemas de las cofradías en la actualidad. En pequeñas ciudades se ha defenestrado con recelo la imagen problemática que proporciona la falta de recurso humano y económico en las hermandades. En la televisión se vende una imagen paradisiaca que no responde a la realidad que muchas cofradías están viviendo. Desde tiempos inmemoriales, las hermandades han atravesado crisis virulentas por la falta de arraigo devocional, recursos patrimoniales o por una equívoca toma de decisiones, las cuales han servido para desgastar la imagen popular.
Muchas veces no nos damos cuenta de la necesidad de gestionar un patrimonio exquisito configurado por el recurso humano, artístico y religioso abandonado a su suerte. Uno de los aspectos anteriores se compra con dinero. En la era casi de supervivencia que estamos viviendo, sacar una hermandad a la calle reclama unos elevados costes que a duras penas son asumibles por muchas hermandades.
El circo de vanidades, en el que se ha convertido la Semana Santa para muchos, ha provocado que las cofradías tengan que recurrir a medidas desesperadas para sufragar los gastos que conlleva la organización de la Semana Mayor. Papeletas de sitio a precios desorbitados, cuotas abusivas o rifas son algunos de los ejemplos a los que tienen que recurrir las hermandades para poder cumplir con su estación de penitencia. Una estación de penitencia que, para muchos, es un mero trámite burocrático para poder cumplir con una tradición impuesta por nuestros antepasados.
La realidad es que, a día de hoy, las hermandades se han convertido en verdaderas empresas que reclaman una inversión constante. No solo para la conservación del patrimonio, sino también para el mantenimiento de la propia estructura organizativa. Mayordomía, priostía, secretaría, diputación de tramo, capataces, costaleros, bandas de música… la lista es interminable.
La necesidad monetaria de cada una de ellas pasa por la importancia de abrir nuevos horizontes de financiación de cara a la conservación de un extenso patrimonio y de un calendario de actos que mantenga encendida la llama durante todo el año. Una financiación que no solo garantice la supervivencia de nuestras tradiciones, sino que también permita a las hermandades seguir desarrollando su importante labor social y cultural.





