¿Nerviosa? Así me levanté en la mañana de hoy. Mi corazón anda acelerado desde hace varias semanas y no me había parado a escucharlo. ¡Con qué prisas vamos…!
Clareaba la mañana. Como en ese Lunes de mis sueños. Ese Lunes donde te acercas. Donde parece que el reloj se detiene entre Tú y yo. Donde el mundo se para y sólo existimos Tú y yo.
Hoy soy yo la que va a verte. ¡Te necesito! Necesito tu calor de madre. Necesito tu mirada serena. Necesito verme reflejada en tus ojos. Necesito hablarte de mis cosas. ¡Tú ya sabes! Necesito ponerme en el mismo lugar de siempre. Necesito sentir que me escuchas y me comprendes. Sí, que me comprendes. Necesito que sigas ahí conmigo. Sin dejarme caer.
¡Qué largo el viaje! Mis acompañantes durmiendo. ¡Pobre mi amiga! Es sanitaria. Está saliente de noches y, aún así, me acompaña porque también necesita verse en Ti. Tres renacuajas van atrás cantando villancicos a pleno pulmón ajenas a lo que les espera en el mundo adulto. ¡Me encanta escucharlas reír! Hacen tonterías, mientras yo sigo sumergida en mis pensamientos. Se duermen todas. Madre y niñas. Mi cabeza da mil vueltas. Pienso y pienso. Demasiado, para mi gusto.
¡Por fin llegamos! Hemos llegado a nuestro destino. Calles abarrotadas. ¡Cómo se nota que es puente! Aparcamos y nuestros pasos se dirigen a la plaza. Campanas. Suenan repiques de campanas. Mi corazón se acelera aún más. ¿Sigo estando nerviosa? ¡Si este recorrido lo he hecho miles de veces! No sé… Entramos por la puerta lateral. Hay misa. Está la Hermandad de Valencia. Miré a mis acompañantes. Últimos toques de atención a las niñas antes de entrar. Mi hija me coge la mano. Algo me decía que estaba perdiendo el tiempo, que entrara ya. Y eso hice. Entré. En silencio. Con la mirada puesta en el Altar.
¡Buenos días, Madre! Aquí acudo, como siempre, a tu llamada. Aquí me tienes. Desnuda ante Ti. Mis pasos me llevaban cada vez más cerca de Ella y mi corazón parecía querer salirse del pecho. Pero llegué. Llegué a mi lugar de siempre y… ¡la miré! En ese preciso momentos mis temores desaparecieron. Sentí el calor de su abrazo y la dulzura de su mirada. La ternura de su beso en la mejilla diciéndome que todo está bien. Que esté tranquila. Que todo pasa. Que Ella nunca abandona.
Y lloré. Lloré como una niña que se ha caído y su madre la consuela. Lloré al verme protegida. Lloré al sentirme segura. Lloré al sentirme amada sin condiciones. ¡Lloré porque sí! Y no tuve que decirle nada porque Ella ya lo sabía.
Y así volví a Córdoba. Rebosante de amor y esperanza. Protagonista de un cuento donde la princesa sólo necesitó un abrazo para sentirse valiente. Una guerrera. Capaz de afrontar cualquier cosa.
Así Rocío… Así me hace sentir un encuentro entre las dos cuando más te necesito.
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