Los desfiles procesionales de nuestra Semana Santa son la tradición más arraigada de cuantas Andalucía conmemora cada año. Concebida en el Concilio de Trento allá por el año 1545, esta tradición ecuménica ha pasado de generación en generación a lo largo de las sociedades que han copado la tierra más al sur del Reino de España.
Actualmente, y dejando a un lado la terrible pandemia, pasos y tronos de un sinfín de ciudades y pueblos recogen el testigo de aquellos que en la Edad Media se mentalizaron en teatralizar la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo a través de Imágenes de madera o tela que inculcaron en los fieles la auténtica devoción de la que goza España hacia ellas.
Y es que la realización de una procesión, en estos tiempos, corre como sinónimo de expresión de fe públicamente al igual que el pueblo lleva acabo sus diferentes manifestaciones políticas y sociales y que muchos se afanan en separarlas del sentido con el que la piedad popular cristiana nació. Sin embargo, la delgada línea que separa ambos fenómenos transforma a la Semana de Pasión en un ente aglutinador de lo sagrados, donde todo el que quiera pueda ejercer protestación de fe.





