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El Respiradero, 💙 Opinión

El alma de Sevilla traspasa los tiempos

Hay días que la ciudad es capaz de traspasar los tiempos. El pasado jueves 1 de octubre caía sobre la Plaza de San Lorenzo un atardecer que parecía pintado por un artista del barroco. Mientras la Imagen de Jesús del Gran Poder, precisamente una de las obras más conocidas del barroco, se echaba a andar justo cuando las campanas de la plaza marcaban los cuatrocientos años en el que las manos de Juan de Mesa dejaron de esculpirla. Y no necesitábamos echarle imaginación. Veíamos en el centro de la plaza la figura de Juan de Mesa con un basto tronco en el que sacaba la Imagen del Gran Poder. Y al girar la mirada, el mismo Nazareno delante del pórtico de San Lorenzo. Nos creemos que hemos visto nacer la talla más devocional de la ciudad o hemos presenciado la salida en blanco y negro del Señor desde la parroquia ante un mar de brazos en alto. Y es que la mirada del Gran Poder esconde una memoria que la regala al que tanto busca sus ojos.

Podrías decir que «hoy la memoria escoge el camino más corto para herirme». La memoria son los recuerdos de vivencias e historias de la gente que se nos ha ido pero habita en nosotros. En el alma de una Sevilla que vive constantemente con los relojes parados esperando el último galeón de las Indias. Ya lo dijo Rafael Montesinos, «los siglos se ven hasta en la forma de sujetarse el antifaz del rostro». Esa misma tarde vi correr por la plaza a aquel niño de pantalones cortos y ojos claros. Cuando el sol se despedía por la calle Guadalquivir y se cumplía 100 años de que el poeta naciera en la cercana calle de Santa Clara.

Es San Lorenzo el lugar por donde transcurre el adn de los sevillanos. Recreo de niños con rodillas apostilladas corriendo tras escuchar las lecciones de la Hermana Corazón. Mar de lágrimas de emociones y primeros llantos por el adiós del primer amor que tiene el nombre de Rosita. Crespúsculo que es vigía de enamorados estrechando sus manos. Creyéndose parte, como un Rey que estrecha sus cayos en el madero, que viven en un Reino que no es de este mundo.

Pasan los años, los siglos. Vendrán guerras, crisis y epidemias. Pero el alma de la ciudad siempre seguirá intacta como el olmo seco de Machado, «mi corazón espera también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera». Porque la poesía como el Gran Poder traspasa los tiempos. Y aunque nos toque vivir como en el exilio de Montesinos o Cernuda siempre tendremos la esperanza de volver a ser el niño que fuimos y el niño que somos.

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