Cruz de guía | El cartel: un símbolo que naufraga continuamente

Parece que el tiempo, ese juez implacable que todo lo pone en su sitio, nos dicta hoy una crónica teñida de decepción. Mientras contemplamos cómo la tradición lucha por mantenerse en pie frente a las acometidas de un mundo que prefiere lo efímero a lo eterno, observamos con tristeza que la falta de alma se ha instalado en el corazón de nuestras celebraciones. Me refiero a la alarmante crisis de identidad y a la alarmante falta de ideas que asolan los carteles de nuestra Semana Santa en este 2026, donde la creatividad parece haber claudicado ante la comodidad del diseño vacío o el efectismo sin mensaje.

Es desolador ver cómo en en las ciudades, se desperdicia la oportunidad de gritar al mundo nuestra fe a través del arte. En Málaga, nos hemos topado con una propuesta que, bajo el pretexto de la vanguardia, termina siendo un ejercicio de grafismo gélido que no pellizca el alma ni evoca el incienso; es el triunfo de la estética de escaparate sobre la unción que requiere el anuncio de la Pasión. Jerez, por su parte, ha quedado atrapado en la travesía que busca la vanguardia sin separarse de lo cotidiano para no arrancar las críticas. Y en Córdoba, se ha regresado al clasicismo del primer plano del Rescatado que emite más autenticidad que la expresión misma de la complejidad que buscan muchos artistas.

Frente a este desierto de conceptos, solo nos queda el refugio de los que todavía se atreven a contar historias con el pincel, aunque con el uso exacerbado de los símbolos que salen al encuentro del artista como obras maestras del arte. Es el caso de la Catedral de Jaén, la cual protagoniza la obra pictórica de César Ramírez como telón de fondo de un calvario improvisado y recortado por la figura del Santísimo Cristo de la Lanzada. O el caso de Linares, donde Sergio Núñez Montávez tira de las minas -elemento característico de la ciudad- como marco de un calvario encuadrado en la figura del Señor de la Humildad.

Queda claro que la originalidad del cartel de la Semana Santa no adquiere el eco suficiente lejos de las estridencias y subidas de tono que obras pictóricas como la de Salustiano García que rebasan los límites de la funcionalidad y finalidad para lo que es creado un cartel que no tiene otro cometido que el de anunciar la Semana de Pasión.

Y es ahí donde reside el drama de este 2026. Nos hemos acostumbrado a que el cartel sea noticia por la polémica y no por la unción, por el escándalo y no por la oración plástica. Al alejarnos de la sobriedad que exige el anuncio de la Muerte y Resurrección, hemos caído en una espiral de «egocentrismo artístico» donde el autor parece importar más que el Titular, y el impacto visual más que el mensaje evangélico. Donde buscar los likes y la polémica supone el mejor camino para hacerse notar en el mundo de lo instantáneo.

La crisis de identidad es un duro golpe para las pinacotecas que se llenan de obras olvidadas, sumergidas por la polémica o plagiadas en un ámbito artístico que naufraga por momentos en el oscuro mar del ostracismo.