Dice un dicho popular, que utilizaba con frecuencia uno de mis ídolos de la infancia, José María García, que “el tiempo es ese juez imperecedero que pone a cada cual en su sitio”. Una verdad incuestionable, más allá de su literalidad (no recuerdo si Supergarcía lo citaba exactamente así), que se hace patente en múltiples ocasiones. Tal vez adolezca de cierta lentitud a la hora de aplicar justicia, pero al final “a todo cerdo le llega su San Martín” -otro dicho popular-. Así ha ocurrido en una hermandad cordobesa, que ha logrado desembarazarse, quiera Dios que para siempre, de quienes han estado sembrando división y enfrentamiento en los últimos tiempos y cuya incapacidad manifiesta ha salido -y puede salir- muy cara, cualitativa y cuantitativamente hablando.
Los acontecimientos recientes han demostrado que quienes seguimos ofreciendo nuestra opinión, sin filtros ni censura, desde este pequeño rincón de libertad teníamos razón. Existía una solución. Todo pasaba por darle el poder de decisión a quienes siempre deben ejercerlo, los hermanos, en lugar de tener secuestrada a la hermandad, en manos de un pequeño grupo de incompetentes que han infringido un gravísimo daño a la entidad que presuntamente debían proteger y que, con el poso que da el transcurso del juez del que les hablaba, han demostrado que solo querían gobernar.
Por cierto, ¿alguien va a exigir que rinda cuentas el auténtico culpable de lo ocurrido, quien ha sido cómplice necesario, perpetuando el desaguisado demasiado tiempo, de manera innecesaria? Les voy a hacer un spoiler: NO, cuando el responsable viste de negro, rara vez es puesto en su sitio -con estos el juez imperecedero suele fallar bastante; con el de arriba espero que no tengan tanta suerte-. Sea como fuere, otro asunto que ha quedado meridianamente claro es que ni atacábamos a la hermandad ni sus hermanos estaban “contra nosotros” por el mero hecho de opinar que el desgobierno en el que se hallaba sumida era un auténtico disparate. Una mentira más. En aquella casa siempre tuvimos amigos, muchos, y los seguimos teniendo. Y a las pruebas me remito.
Es algo similar a lo sucedido en los últimos tiempos en aquel lugar que un día fue mi casa, y que poco a poco parece que existe alguna posibilidad de que pueda volver a serlo -el daño es tan inmenso que debo recorrer un largo y tortuoso camino de reconciliación, con el mundo y conmigo mismo-. Han sido muchos años, dos décadas, soportando furibundos ataques perpetrados o alentados desde los más elevados estamentos del poder establecido. Insultos proferidos desde la misma casa de la que les hablo, por no plegarnos ante la injusticia y la barbarie de expulsar, de manera cobarde y miserable, a todos aquellos que pensaban de manera distinta. Años de comprar voluntades a golpe de fiestecita gratis o exclusiva barata. Años de amenazas, más o menos veladas, de mentiras disfrazadas de medias verdades… de convertir en fango todo lo que se tocaba (¿les suena?).
Una acción sistemática y organizada para transformar en un erial todo lo que no estuviera dentro del presunto paraíso. Hoy, el mundo ha cambiado gracias a una jugada maestra ejecutada con impresionante destreza por quien ha abierto las ventanas de par en par, para que un soplo de aire fresco sustituya la podredumbre por esperanza. Cierto es que no contó con mi voto (aquél día me encontraba con la Madre del Nazareno) y que no comparto algunas de sus decisiones, particularmente en lo que se refiere a ciertos detalles de los que yo hubiese prescindido. Pero no se puede estar de acuerdo en todo. He de decir, no obstante, que “paga mi silencio” con bastante dilación. Aún estoy esperando la adecuada contraprestación. Un silencio que, en realidad, ironías aparte, se ha circunscrito a no hacerse eco de mentiras y reparto indiscriminado de bazofia por parte de los mismos que tantas veces nos insultaron y por otros que, rabiosos en su destierro, piensan que, a estas alturas, van a provocar reacción alguna ladrando en RRSS. ¡Te falta calle, caballero!
El tercero de estos ejemplos puede apreciarse con nitidez en la calle que era todo un lodazal en manos de quien, en la soledad que deriva de su incapacidad manifiesta y de la cantidad de cadáveres que ha ido dejando en la cuneta -metafóricamente hablando-, ha sido incapaz de recuperar el trono; que dejó un número indeterminado de discípulos repartidos por las esquinas que, afortunadamente, han sido despojados, al fin, del poder que jamás debieron tener. Ahora todo es diferente. Han barrido la casa y han limpiado el barro. Se han puesto en marcha para cambiar las cosas de verdad, con el firme objetivo de aspirar a la excelencia, que posiblemente no se alcance nunca pero que siempre debe ser la finalidad.
Claro que algunas cosas saldrán mejor y otras de manera manifiestamente mejorable (la gestión de RRSS del primer puente del curso cofrade ha sido un buen ejemplo de ello). Pero siempre (al menos hasta ahora) con el firme propósito de escuchar, aprender de quien tenga algo que aportar y hacer algo más que sentarse frente a quienes les han puesto donde están como si fuesen el enemigo o unos súbditos: trabajar por el bien común. Con la ilusión de quien sabe que existe otro modo de caminar. Con la grandeza de saber que la autocrítica es el único modo de superar las carencias y perfeccionar los errores. Y con la inteligencia de tratar a quien se atreve a discrepar o sugerir como un poderoso aliado y no un incómodo adversario, al contrario de los ignorantes cuya escasa y acomplejada capacidad les hace rechazar, denostar e insultar a quienes les muestran los errores, en lugar de aprender de ellos para no volverlos a repetir.
Son sólo tres ejemplos, seguro que a ustedes se les ocurren muchos más. Ejemplos que evidencian que “nunca el tiempo es perdido”, que “tras la tempestad llega la calma” y que el juez imperecedero, aunque, a veces tarde demasiado, termina concediendo a casi todos, tarde o temprano, el lugar que en justicia merecen. Unos habitando en el Edén y otros penando en las alcantarillas, medrando desde sus madrigueras de inmundicia, resentimiento y odio para poder optar algún día a recuperar el juguete que les han quitado de las manos, para paliar de algún modo el desierto existencial en el que han convertido sus vidas, en las que sin un carguito no son nadie… absolutamente nadie…





