Lo ocurrido en el Puente Romano durante el traslado de Nuestro Padre Jesús de la Oración en el Huerto no puede calificarse de otra manera: un acto de cobardía. Gente que se parapeta tras banderas y megáfonos para insultar, gritar y provocar, aprovechando el paso de una procesión, buscaba lo que siempre buscan los miserables: que alguien perdiera la calma, que se encendiera la chispa y estallara un conflicto de consecuencias imprevisibles.
Cobardes, sí. Porque corear lemas que claman por la destrucción de un país entero y hacerlo frente a una comitiva religiosa que nada tiene que ver con la contienda de Oriente Medio no es valentía, es miseria moral. Y más aún cuando entre los acompañantes del Señor del Huerto había niños que se asustaron, ancianos que temieron por su integridad y familias enteras que se vieron rodeadas por un clima de tensión innecesario y absolutamente fuera de lugar.
Los hechos hablan por sí solos: consignas radicales, insultos a voz en grito y un delirio colectivo capaz de afirmar -vociferar- que Jesús, el rabino, era palestino, como si la ignorancia fuese un mérito que exhibir en público. Lo único que frenó un altercado mayor fue la mesura de los hermanos del Huerto y de los fieles que guardaron silencio ante la provocación. Hubiese bastado con que uno solo respondiera como muchos de aquellos exaltados merecían para que el resultado hubiera sido un gravísimo disturbio de orden público.
Y mientras tanto, ausencia total y absoluta de la Policía Nacional, que conocía de antemano la autorización de aquella concentración y decidió no comparecer. Quien estuvo presente, la Policía Local, se limitó a pedir al cortejo que acelerara el paso. La escena resulta intolerable: quienes debían garantizar la seguridad brillaron por su ausencia, dejando en manos de costaleros y devotos la responsabilidad de proteger a la imagen y mantener la calma.
Ayer no pasó nada porque la paciencia se impuso. Pero pudo haber pasado. Y pudo ser grave, muy grave. La memoria reciente de los incidentes de la Vuelta Ciclista a España debería haber bastado para activar todas las alarmas. No se hizo. El Ayuntamiento y la propia Agrupación de Cofradías tienen la obligación de exigir responsabilidades. Lo ocurrido no es una anécdota: es una advertencia.

Dentro de pocas semanas, Córdoba acogerá un Vía Crucis Magno que reunirá a decenas de hermandades y miles de personas en las calles. ¿Qué pasará si quienes ayer se escondieron tras banderas deciden repetir la jugada? ¿Estamos preparados para evitar que un acto de fe se convierta en un campo de batalla?
Es momento de que los responsables tomen nota y actúen. Porque la cobardía de unos no puede volver a poner en jaque la paz de todos. Y porque la fe de un pueblo no merece ser utilizada como escenario por quienes confunden protesta con provocación y libertad con impunidad.





