El cirineo | ¡Cuidado que vienen los nuestros!

Hay decisiones que no se anuncian con estruendo, sino con el tono administrativo de quien invoca el orden y la dignidad mientras estrecha el cerco. Lo sucedido no es un hecho aislado ni una reacción improvisada ante coyunturas concretas: es un paso más en una estrategia sostenida, perfectamente reconocible y cuidadosamente ejecutada que, desde hace años, avanza hacia la limitación progresiva de la libertad de las hermandades. La normativa ha sido publicada por el obispado de Jerez, pero sería ingenuo pensar que quedará circunscrita a ese territorio. Todo apunta a que, con el paso del tiempo, se extenderá como una indeseable mancha de aceite por el resto de diócesis andaluzas.

Se nos dice que todo responde a la necesidad de organizar, de coordinar, de preservar la solemnidad. Pero bajo esa retórica disciplinaria se percibe una voluntad inequívoca de control exhaustivo, de fiscalización minuciosa, de tutela constante sobre una religiosidad popular que históricamente ha respirado autonomía, personalidad propia y sentido comunitario. No estamos ante una simple actualización normativa; estamos ante la consolidación de un modelo en el que la jerarquía deja claro quién manda, quién decide y quién obedece, reforzando una estructura donde la última palabra no pertenece a las corporaciones, sino a quien ejerce el poder.

La prohibición de regresar el Domingo de Resurrección en caso de refugio por lluvia no es un detalle técnico: es un símbolo elocuente. Un gesto que revela hasta qué punto se pretende regular incluso lo imprevisible, sometiendo la espontaneidad forzada por la meteorología a un corsé burocrático que apenas deja margen de maniobra. No se trata ya de evitar desórdenes, sino de establecer un principio de autoridad incontestable. El mensaje es transparente: la última palabra no corresponde a las hermandades, ni siquiera en circunstancias excepcionales.

Desde hace tiempo se percibe una tendencia inquietante: la música es sospechosa, la alegría parece inconveniente, la expresión festiva resulta incómoda. Todo aquello que ha configurado la Semana Santa andaluza —su pluralidad sonora, su estética vibrante, su manera personal e intransferible de vivir la fe en la calle— empieza a contemplarse bajo un prisma de recelo. Se promueve la sobriedad como único canon legítimo, el silencio como virtud exclusiva, la contención como norma suprema, como si la identidad propia fuese un exceso a corregir y la alegría colectiva un elemento perturbador que debe ser domesticado.

No se cuestiona el valor del recogimiento; lo que se cuestiona es su imposición uniforme, su elevación a categoría excluyente como única forma válida de religiosidad. La Semana Santa de Andalucía no es una copia de modelos ajenos ni un molde importado. Es fruto de siglos de tradición popular, de sensibilidad estética, de identidad colectiva. Pretender convertirla en una celebración homogénea, triste y aséptica es desconocer —o desdeñar— su raíz histórica y su profunda legitimidad cultural, devocional y espiritual, construida desde abajo y no dictada desde despachos. Una cosa es controlar el exceso y otra es destruir nuestra idiosincrasia. Y hay quien pretende lograr lo segundo con la excusa de limitar lo primero.

Las hermandades no son sucursales administrativas ni departamentos subordinados sin criterio propio. Son realidades vivas, con siglos de historia, con patrimonio espiritual y cultural, con una legitimidad que nace del pueblo creyente. Reducirlas a meros ejecutores de disposiciones cada vez más detalladas equivale a despojar a la religiosidad popular de su esencia participativa, a relegar al cofrade a la condición de simple engranaje dentro de una maquinaria jerárquica que decide por él y delimita hasta el último gesto.

El argumento del “orden” se ha convertido en una coartada recurrente. Pero el orden no puede erigirse en dogma absoluto cuando asfixia la creatividad devocional y desnaturaliza la expresión comunitaria de la fe. La historia demuestra que la fuerza de las cofradías radica precisamente en su capacidad de integrar disciplina y libertad, tradición y evolución, norma y sentimiento. Cuando la balanza se inclina de forma desproporcionada hacia el control, el equilibrio se rompe y la libertad se convierte en concesión revocable, en permiso condicionado por una autoridad que se reserva siempre la decisión final.

No es casual lo que ocurre. Se viene viendo venir. Año tras año, regulación tras regulación, se amplía el perímetro de lo que debe ser autorizado, visado, coordinado, limitado. Lo extraordinario se vigila; lo ordinario se reglamenta; lo espontáneo se sospecha. La autonomía se transforma en privilegio condicionado, y el cofrade percibe que cada vez dispone de menos margen para decidir sobre aquello que históricamente ha sido suyo: su manera de vivir y expresar la fe con personalidad irrepetible, con acento propio, con libertad.

El trasfondo es claro: dejar patente que las hermandades no son sujetos con capacidad decisoria plena, sino piezas dentro de un engranaje jerárquico que marca el ritmo y fija los límites. Una concepción vertical que recuerda más a estructuras de poder rígidas que a la riqueza plural de una Iglesia que debería reconocer la diversidad de carismas y expresiones. Se trata, en definitiva, de dejar claro quién es el dueño y quién el subordinado, quién impone y quién acata, quién legisla y quién obedece sin margen de réplica.

Quieren convencernos de que la música es un problema, que la alegría es una amenaza, que la singularidad andaluza es una desviación. Quieren persuadirnos de que el modelo válido es otro, más contenido, más uniforme, más gris. Pero la Semana Santa andaluza no necesita pedir permiso para ser lo que es. No ha sobrevivido siglos de historia para diluirse en una versión descafeinada dictada desde despachos que parecen desconfiar de la vitalidad popular, de la fuerza expresiva de nuestras cofradías y de la libertad de quienes las sostienen.

Cuidado que vienen los nuestros. Porque cuando la restricción se presenta como virtud y el control como pastoral, el riesgo no es el desorden: es la pérdida de identidad. Y si algo ha definido siempre a nuestras hermandades es la defensa de su libertad para vivir y expresar la fe según su tradición, su sensibilidad y su historia. Renunciar a ello sería aceptar que la religiosidad popular deje de ser del pueblo para convertirse en un eco dócil de la jerarquía, cada vez más limitada, vigilada, uniformizada y progresivamente despojada de su libertad esencial.

Ya no nos necesitan: han exprimido hasta la última gota del jugo que consideraban aprovechable, y ahora hemos pasado a un nivel en el que nuestra libertad y nuestra propia esencia comienzan a resultarles molestas. Si no espabilamos y no nos rebelamos, llegará un momento en que irán directamente a por nosotros, a por nuestra propia existencia. Lo ocurrido en Córdoba es un ejemplo claro: se ha ido sondeando una potencial reacción cofrade que, a la vista está, ha quedado en absolutamente nada. Primero fueron a por una pro hermandad, y al comprobar que la reacción fue nula, fueron a por dos hermandades humildes. Como la respuesta del pueblo cofrade ha vuelto a ser inexistente, seguirán subiendo escalones hasta alcanzar la cúspide, hasta que nuestra libertad cofrade desaparezca por completo. La cuestión es muy clara: olevantamos la voz ahora, o estamos muertos. En nuestra rebeldía y nuestra libertad descansará la responsabilidad de que se lo permitamos.