El cirineo | Es hora de repensar la música en los pregones

Cada año, como una gota malaya, los pregones de Glorias y Semana Santa siguen un mismo esquema, con la Banda de la Esperanza abriendo el acto con un mini concierto de tres o cuatro marchas procesionales. Si bien esta banda es de una calidad indiscutible, el problema radica en la rigidez del formato. Es una fórmula predecible que se repite año tras año, y que, en muchos casos, termina resultando casi prescindible. Las piezas interpretadas, aunque bellas, no siempre enriquecen el mensaje del pregón. Algunas de ellas se convierten en una mera formalidad, en una secuencia heterogénea sin un auténtico hilo conductor, que no aporta nada nuevo al acto.

Sin embargo, más allá de la necesidad de una mayor diversidad musical, el actual formato de pregón se enfrenta a otro problema significativo: la rigidez en cuanto a qué banda debe encargarse de poner su música al acontecimiento. Desde hace años siempre es la misma banda la encargada de esta tarea, sin ni siquiera considerar alternativas. En Córdoba no hay una banda municipal que impida que se abra un debate. Córdoba tiene dos grandes bandas de música, cuya calidad musical es superlativa. Si bien la Banda de la Esperanza es magnífica, ¿por qué no se le da espacio también a la Banda de la Estrella, cuyo nivel está a la altura y cuya evolución en los últimos años ha sido sobresaliente? Y, siendo consecuente, ¿por qué no darle sitio a bandas de cornetas o agrupaciones musicales? En mi opinión, esta exclusividad impuesta no solo limita las posibilidades, sino que priva a los asistentes de la oportunidad de disfrutar de otras formaciones que también podrían aportar frescura al evento.

Es esta rigidez la que lleva a que nunca se plantee la posibilidad de alternar entre bandas, ni se considere su inclusión de forma natural en la programación. La ciudad no solo merece una gran banda, sino que debería celebrar su riqueza musical y dar cabida a otros grupos de gran nivel. La exclusividad en la elección de la banda no hace más que perpetuar un sistema que se muestra cerrado y poco flexible. Y tal vez sea hora de que alguien plantee abrir este melón.

Porque, redundando en ello, esta rigidez no se limita solo al pregón de las Glorias, sino que se extiende también al pregón de Semana Santa. En ambos casos, la música sigue una estructura casi inamovible, como si se tratara de una obligación más que de una oportunidad para enriquecer el acto. ¿Por qué no se contempla la posibilidad de alternar entre bandas de primer nivel que también tienen la facultad de aportar una calidad musical excepcional? Esta exclusividad se convierte en una limitación, ya que no solo se pierde la oportunidad de diversificar la música, sino que también se cierra el paso a la participación de otras formaciones que tienen el mismo derecho y forman parte del mismo universo, más allá de que la ausencia de cualquier atisbo de innovación en el formato del pregón es una indiscutible evidencia.

Porque esta innovación es perfectamente plausible. Si, como muchos hemos soñado, el pregón de Pascual González se hubiera realizado en el Teatro de la Maestranza de Sevilla, habríamos visto un enfoque completamente diferente, estoy plenamente convencido de ello. Pascual, el genio, con su estilo único, habría integrado músicas variadas de manera fluida con su discurso, rompiendo la barrera de lo preestablecido. No se hubiera sometido a la interpretación de una banda de música como mera introducción, sino que la música habría sido parte integral de la experiencia, fundiéndose con el contenido del pregón. La idea no es añadir música por añadir, como preámbulo, sino que la música debería acompañar, enriquecer y elevar el mensaje.

Con el formato actual, la música, en lugar de ser un complemento orgánico que se integre con el pregón, se limita a ser un añadido repetitivo, un fragmento que se toca por costumbre, sin cuestionarse si realmente aporta algo relevante. ¿Por qué no diversificar las opciones musicales? Córdoba es una ciudad con una rica tradición musical, que va mucho más allá de las marchas procesionales. Se podría dar espacio a otros géneros, como un coro rociero, una coral, un cantante de música clásica, un pianista, un cuarteto de cuerda, o incluso un cantaor o saetero que, en lugar de abrir el acto con una pieza predecible, se mezcle con el contenido del pregón, creando una atmósfera única y profundamente emocional.

Desde hace muchos años tengo absolutamente claro que nunca seré pregonero, soy alguien demasiado políticamente incorrecto para que nadie en su sano juicio se atreva ni tan siquiera a plantearlo. Pero de haberlo sido, mi pregón hubiera sido más libre y flexible. En mi pregón, la música no sería un componente accesorio, una simple introducción a lo que viene después. Sería un elemento vivo que interactuaría con el discurso, que se adaptaría a los momentos de reflexión, de alegría o de solemnidad. No sería un relleno predecible, sino una herramienta para profundizar la emoción del acto.

Creo firmemente que el formato del pregón necesita una urgente e imprescindible revisión, por no decir una revolución, para romper amarras con un sistema que necesita evolucionar. Córdoba tiene un potencial musical que debe ser explotado, y los pregones de Semana Santa y Glorias merecen ser un espacio para que esta riqueza musical adquiera su máxima expresión. Es hora de romper con la rigidez, de explorar nuevas opciones y de dar paso a una música que no solo adorne, sino que acompañe el alma del pregón.