El cirineo | ¿He sido yo?

En estos tiempos de hiperinflación del ego, el llamado principio de Peter se explica solo. Según este enunciado, cualquier individuo asciende hasta alcanzar su propio nivel de incompetencia, y algunos lo hacen con tal devoción que casi habría que concederles una medalla por su tenacidad en la torpeza. No existe ejemplo más nítido de este fenómeno que aquellos sujetos que, movidos por un ansia casi patológica de figurar, se inmiscuyen en lo que no les incumbe para dejar constancia pública de que jamás debieron ocupar el cargo que ostentan.

Uno de esos especímenes, miembro de un equipo de gobierno de una importante empresa, ansioso de ver su nombre en cualquier documento en circulación, decidió confirmar que dos asociados habían solicitado algo a un tercero. Un detalle minúsculo, casi imperceptible —es ironía—: el asunto no era de su competencia. La única relación que tenía con el tema provenía de las consecuencias indirectas que pudieran derivarse, no de la petición misma. Detalle que no le impidió dar por cierto un entierro para el que nadie le había dado vela. Y conste que la fortuna está de su lado. Porque si entre los perjudicados estuviera quien escribe, tendría que explicar en público, ante mis iguales, de dónde demonios saca la autoridad moral o institucional para confirmar lo que no le corresponde.

Lo más chusco del caso es que este figurante espontáneo se ha dedicado con persistencia a ser un mal compañero, señalando, insinuando, arrojando sospechas sobre quienes comparten mesa con él. Para después, con la velocidad de quien domina el arte del chisme de programa del corazón burdo, descolgar el teléfono para soltar una retahíla verbal que deja a cualquier adolescente ansioso por contar secretos como un aprendiz torpe de indiscreción. Porque hay que ser excepcionalmente torpe para acusar a otros de hacer en privado lo que él mismo practica en público bajo los focos. Solo caben dos explicaciones: creer que dispone de bula e impunidad, o vivir en un universo para-lelo donde la coherencia se considera un lujo prescindible.

Lo verdaderamente delicado es que su verborrea compulsiva perjudica el trabajo de sus compañeros. Y puede hacerlo, si nadie lo frena, de forma irreversible. Sería trágico que, en un intento infantil de “devolver un golpe”, su lengua —larga como una temporada entera de confesiones televisivas— arruinara meses de labor ajena. Pero cuando la incompetencia se abraza a la soberbia, se obtiene un cóctel que siempre, sin excepción, acaba derramando estulticia sobre los demás.

A esta ensalada de torpezas se suma el perejil imprescindible de su receta personal: la pretensión de convencer a cualquiera que se deje de que “yo no fui”, como repetía Steve Urkel —para ser exactos, se preguntaba en voz alta ¿he sido yo?”, pero me vale el símil—, aquel personaje inolvidable de una famosísima serie de los años noventa. Una excusa que, por más falsa, patética y ridícula que resulte, parece que él considera un salvavidas. La repite con la tenacidad de quien cree que absolverse a sí mismo basta para borrar el rastro evidente de sus meteduras de pata. No solo no engaña a nadie: confirma exactamente lo que intenta ocultar.

Por supuesto, el individuo no ha tenido la mínima dignidad de contactar a los damnificados para disculparse por confirmar lo que jamás debió confirmar. Quizá lo detenga la vergüenza, quizá el miedo o quizá —y esto es lo más probable— la simple incapacidad de asumir que sus palabras tienen consecuencias. Más grave aún es su afirmación, proclamada con la serenidad del ignorante, de que la decisión tomada por terceros “no tendrá repercusiones” en aquello que sí entra dentro de sus competencias. Hay que ser prodigiosamente torpe para emitir semejante sandez y quedarse tan pancho.

La acumulación de despropósitos convierte a este individuo en un ejemplo perfecto, casi museístico, del principio de Peter. Tanto que lo razonable sería pedir —o directamente disponer— su relevo, no por severidad, sino para evitar males mayores y que deje de dañar, con su simple existencia operativa, tanto a los perjudicados como a sus propios compañeros. Pero no seré yo quien dé ese paso hoy. A la vista de su historial y anticipando que ni dimitirá ni lo invitarán a marcharse, sospecho que dispondré de numerosas oportunidades futuras para hacerlo. La incompetencia, como la mala hierba, siempre vuelve a brotar, sobre todo en quienes se esfuerzan denodadamente en potenciarla.

Y, créanme, también podría haberles dado más ejemplo: podría haberles hablado de quien se autoproclama profesional porque un contrato blindado con penalización por despido lo mantiene en su silla. Esa es la única razón por la que no lleva tiempo en la puñetera calle, con sus libros y el resto de sus “mierdas”, porque es incapaz de ver ni a un perro que muerda a un hombre ni a un hombre que muerda a un perro, aunque el espectáculo ocurra en el salón de su casa. Otro incompetente que vive de las migajas que le tiran los pocos deslenguados que aún le responden y de algún que otro enlutado que igualmente cumple, con admirable empeño, el principio de Peter, lo de ascender hasta alcanzar su nivel de incompetencia, ya saben… Pero será otro día cuando les hable de uno y otro. Hoy, el catálogo de incompetencias ya está suficientemente nutrido.