El estrechísimo margen con el que Carlos Martín ha sido reelegido como Hermano Mayor de la Estrella de Triana —apenas siete votos de diferencia sobre su contrincante, Manuel González— no sólo habla de un resultado electoral apretado. Revela, sobre todo, una profunda fractura en el seno de la corporación. Una hermandad dividida en dos mitades que exigen, más que nunca, inteligencia emocional, responsabilidad y generosidad.
Y es precisamente esa actitud la que ha sorprendido, y también dado esperanza, a muchos. Porque Carlos Martín ha asumido su renovada responsabilidad con la conciencia de que algo no se ha hecho bien: ni en su primer mandato, ni durante la campaña. Ha tenido el acierto, al menos en sus primeras palabras, de no sacar pecho ante una victoria exigua, sino de reconocer que el verdadero reto empieza ahora: sanar, coser, reunir lo que hoy aparece claramente dividido.
Este gesto —aparentemente sencillo pero profundamente necesario— ha despertado una reflexión inevitable, y no sólo por su valor presente. Me ha hecho viajar casi veinte años atrás, a otra noche electoral en una hermandad cordobesa. No sólo me recordó lo mayor que soy, sino, sobre todo, el contraste entre dos maneras diametralmente opuestas de ejercer el liderazgo.
Aquella noche, España caía eliminada en un Mundial. Pero en la sede de esa hermandad, el grito más deleznable de la noche no fue el de la frustración futbolística, sino el de “¡por fin fuera los maricones!”. Una frase que ejemplificaba, de manera fehaciente, la terrible desgracia que estaba por venir, más allá de la evidente falta de respeto que implicaba, porque ya indignaba entonces, sin necesidad de tanta mentira y parafernalia en torno al «día del orgullo», con luces, discursos y hasta viajes institucionales a Budapest financiados por todos —para que algunos se den un homenaje a nuestra costa—. Aquel exabrupto, uno más de entre todas las barbaridades que hubo que soportar durante aquel repugnante proceso electoral, ante el silencio cómplice de quien, por aquel entonces era responsable diocesano de las hermandades, a quien yo personalmente informé de lo ocurrido y a quien le importó un mismísimo carajo, dejaba al descubierto que el camino que quedaba por padecer estaría lleno de venganza, dolor, saña y vergüenza.
Lo más indignante, sin embargo, no fue el grito, ni siquiera el contexto. Fue la reacción de quien resultó vencedor en aquellas elecciones, con un margen tan estrecho como el que ahora se ha dado en Triana. En lugar de buscar la unidad, empuñó el hacha. No tendió la mano, sino que pasó a degüello. Cortó cabezas con saña, ajustó cuentas con frialdad, humilló y expulsó a quienes habían construido la hermandad durante décadas, con sus luces y sus sombras, pero con infinitamente más entrega que cálculo. Aquellos que lo buscaron cuando no quería saber nada. Aquellos que fueron a recibirlo al aeropuerto tras aquel viaje desde Italia. Nada de eso le importó. Solo quiso destruir.
Y lo hizo. Sin compasión. Con una violencia moral que provocó el exilio interno de familias enteras, el abandono silencioso de quienes no podían soportar el nuevo orden impuesto a fuerza de rencor. Lo terrible es que, años después, aquel personaje, que ahora pulula por los rincones como un corderillo inofensivo, fue ensalzado por la misma hermandad a la que había partido en dos, como si el olvido de los agravios bastara para justificar su legado. Y no solo él. Su sucesor, otro dirigente igualmente infame, prolongó el daño, profundizando aún más la división para su propio beneficio personal. Un daño y una ruptura de casi dos décadas, que se dice pronto.
Hoy, al otro lado del puente, en Triana, hay quien ha elegido el camino contrario: reconocer errores, no mirar a nadie por encima del hombro, invitar al diálogo desde el primer minuto. Es pronto para saber si esas palabras serán hechos. Pero ojalá lo sean. Porque esta hermandad tan viva, tan hermosa, tan querida, no merece un futuro como el que otros provocaron hace dos décadas.
Y ojalá, también, quienes hoy gobiernan aquella otra hermandad cordobesa —que ha empezado a remendar heridas tras años de ruptura— no olviden nunca quién fue el causante de tanto dolor. Que no se le pongan medallas al verdugo y dejen de echarle incienso. Que no se celebre al destructor. Que su nombre, por dignidad y por memoria, caiga, como debe, en el pozo del olvido.





